Los caballeros de la Iglesia

Capítulo XXIV (4)

 

En las tierras ignotas

 

Cuando volvió a tener conciencia de sí mismo, Bittaga trató de moverse para escapar del inclemente sol del desierto, donde aún creía encontrarse, pero su cuerpo no respondió a las órdenes de su mente y solo percibió silencio y oscuridad a su alrededor, por lo que su primer pensamiento fue que había muerto en el desierto y ahora se encontraba en el jahannam, el lugar de reposo donde terminaban las almas de los muertos, tras lo cual volvió a perder el sentido. Nunca supo el tiempo que pasó en ese estado en el que alternaba largos ratos de inconsciencia con breves momentos de consciencia en los que en ocasiones, creía notar como unas correosas manos le obligaban a tragar pequeñas porciones de alimento acompañadas de un líquido amargo y salado, mientras que en otras solo percibía silencio y oscuridad, hasta que finalmente llegó un día en el que al despertar, volvió a sentirse dueño de su cuerpo y abrió los ojos para ver donde se encontraba, pero tuvo que volver a cerrarlos gimiendo de dolor cuando la luz del día hirió sus pupilas.

 

—No, no, no cho’l qusishi[1], no abras los ojos durante el día pues te quedarás ciego—  dijo una voz seca y rasposa  —y un qul[2] ciego no me sirve de nada, así que voy a vendarte los ojos hasta esta noche, mientras tanto quédate quieto, pues si rompes algo al moverte lo pagarás con tu sangre.

 

Sorprendido al escuchar una voz que no se producía en sus sueños, a Bittaga le costó comprender lo dicho por aquella persona que, tras ponerle una apretada venda cubriéndole los ojos, le dejó solo sumido en lúgubres pensamientos. Lo último que recordaba era haber perdido el conocimiento en el desierto tras caminar varios días sin agua, junto a algunos fragmentos inconexos de extraños sueños, provocados sin duda por la fiebre, y aunque trató de recordar que le había llevado a encontrarse en esa situación, comprobó sorprendido que su mente se había quedado en blanco y ni siquiera sabía quién era, por lo que permaneció tumbado esperando con ansia la llegada de la noche y tratando de averiguar de quién era aquella voz, y que era lo que esperaba de él. Por fin, tras un tiempo que se le hizo eterno, y en el que le llevaron un plato de comida que apenas probó, las mismas manos sarmentosas que le habían colocado la venda se la quitaron y pudo abrir los ojos.

 

Al principio solo pudo percibir de forma confusa un conjunto de luces y sombras que poco a poco, según se le aclaraba  la visión se convirtieron en el interior de una amplia tienda, apenas iluminada por los rescoldos del fuego que ardía en el centro, manteniendo en la oscuridad los detalles de su interior, junto al que estaba sentado un anciano de rostro enjuto y arrugado que le observaba con atención. Bittaga se sintió  atemorizado por el silencioso escrutinio a que le sometían aquellos maliciosos ojos que penetraba en los más profundos rincones de su vacía mente en busca de sus más recónditos secretos, e incapaz de reaccionar, esperó a que el anciano rompiera el silencio, cosa que hizo al cabo de un tiempo diciendo:

 

—Doy gracias a Bajaruvchy por haber permitido tu recuperación, proporcionándome así el qul que tanta falta me hace.

 

Ante estas palabras Bittaga hizo gestos de incomprensión y trató de formular una pregunta que, de forma incomprensible fue incapaz de articular, mientras escuchaba al anciano decirle con sonrisa retorcida.

 

—No intentes hablar porque no podrás hacerlo, limítate a escuchar lo que voy a decirte, pues solo te lo diré una vez y de ello depende que conserves la vida.—  En ese momento hizo una pausa para realzar la importancia de sus palabras y continuó diciendo  —Yo soy Burkhit, chamán de la tribu de los Qushlar, la más numerosa de las veinte tribus Jinursin que adoran a Bajaruvchy y si he salvado tu insignificante vida es porque necesito un qul que me sirva. Si tus servicios me satisfacen vivirás, si no morirás.

 

Así comenzó su vida como esclavo de Burkhit, el anciano chamán de los Qushlar y durante años, en los que aprendió las brutales tradiciones de los Jinursin y comprobó, a veces en primera persona, la poderosa magia que practicaba el chamán, vivió aterrorizado procurando cumplir todos sus deseos, con miedo constante a sufrir  una muerte espantosa si no lo conseguía. Para la vacía mente de Bittaga la magia, por la que sentía un abyecto temor que le hacía correr a esconderse cuando Burkhit la practicaba, le resultaba incomprensible y procuraba mantenerse alejado de ella siempre que le era posible, lo que en ocasiones provocaba situaciones ridículas que le convirtieron en el hazmerreír de todos los miembros de la tribu.

 

Bittaga se había convertido en un ser sin voluntad propia, en una especie de animal adiestrado para realizar una tarea que se limitaba a cumplir sin importarle lo que ocurriría en el momento siguiente, hasta que una tarde, al entrar en la tienda después de recoger bosta para encender el fuego, encontró al chamán dormido sobre la mesa y con la cabeza apoyada en un grueso y destartalado libro en el que había estado escribiendo. Con sumo cuidado para no despertarle, Bittaga llevó al chamán hasta el sucio camastro y tras arroparle con una gastada piel de aduu[3], encendió un pequeño fuego para calentar la tienda y ya se disponía a abandonarla cuando cayó en la cuenta del libro que había sobre la mesa.

[1].-  cho’l qusishi: vómito del desierto

[2].-  qul: esclavo

[3].- Aduu: caballo de pequeño tamaño, de complexión robusta, patas relativamente cortas y gran cabeza.

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