Los caballeros de la Iglesia

Capítulo XXVI 

 

 

La Iglesia contraataca

 

Tras sopesar todas las opciones de que disponían, el Donark decidió que había llegado la hora de poner en marcha la última parte del plan de Melhiker. Las fuerzas de Behövligfisk y Storyxa se reunieron con los hadar del convento de Förlust y se internaron en territorio samoviy apoderándose del campamento en que el enemigo reunía los refuerzos, en número sorprendentemente pequeño, y acumulaba los víveres e impedimenta necesarios para mantener el ataque a Thörvork, hecho lo cual construyeron fortificaciones para bloquear el acceso a Ganestria por el Paso del Sur y repeler  el indudable contraataque que realizarían las fuerzas de Bittaga en cuanto éste tuviese conocimiento de lo sucedido, contraataque que nunca se produjo porque los emisarios del emperador que debían entregar la orden de realizarlo al prelado Rahmsiz nunca llegaron a su destino al ser interceptados por los hombres que Skjult había situado en puntos clave del camino mientras exploraba la ruta de acceso al Valle.

 

Al mismo tiempo, en Hämnstaj los hadar acuartelados tanto en el Monasterio como en el convento, tras eliminar a las tropas que supuestamente les protegían, derrotaban a las fuerzas que asediaban el palacio, obligando a Uærliyj a huir para reunirse con Värdelos, con cuyo ejército esperaba reconquistar la ciudad. Nada más llegar al campamento del conde, Uærliyj saltó del caballo y entró en la tienda donde Sörjendèll se encontraba reunido con el resto de los conspiradores celebrando por anticipado el éxito de su plan, quien al verle le dijo:

 

—Bienvenido Uærliyj, siéntate y toma una copa con nosotros mientras nos explicas como has conseguido capturar a Försiktig.

 

—No hay tiempo para copas Sörjendèll, vengo a decirte que apresures la marcha del ejército para reconquistar Hämnstaj que en estos momentos se encuentra en manos de tropas leales al rey.

 

—¿Tropas leales a Försiktig? ¿Qué tropas Uærliyj? Según mis informes los caminos que conducen a la ciudad están atestados de gente que huye de la misma, y mis observadores no han detectado ningún ejército aproximándose a ella. ¿De dónde han salido pues esas tropas de las que hablas?

—De donde menos podíamos suponer, del Monasterio y del convento de los Jannikes Sörjendèll. Hemos sido atacados por caballeros de la Iglesia.

 

Al escuchar estas palabras, los presentes rompieron en carcajadas, carcajadas que fueron rápidamente interrumpidas por el conde que dijo:

 

—No trates de ocultar tu incompetencia con ese cuento Uærliyj. Sabes tan bien como todos nosotros que los caballeros de la Iglesia solo existen en las leyendas que se cuentan al pueblo.

 

Uærliyj se puso rojo de rabia al escucharles, y se disponía a contestar con un exabrupto cuando fueron interrumpidos por la entrada de un guardia que dirigiéndose a Sörjendèll dijo:

 

—Mi señor, en la puerta aguarda un mensajero que dice venir del castillo con un mensaje urgente de vuestra esposa.

 

Preocupado por esta noticia, el conde hizo pasar al mensajero quien, sin atreverse a mirarle le entregó un pergamino lacrado con el sello que había confeccionado para Kerena el día de su boda, en el que rodeadas de sarmientos, figuraban las iniciales de ambos. Tras comprobar la autenticidad del mensaje rompió en sello y leyó su contenido, al terminar de hacerlo lo arrojó al suelo con violencia y sin decir palabra, ciego de ira, degolló al mensajero de una certera cuchillada y la emprendió a golpes con todo lo que encontraba a su paso. Sorprendidos por este súbito ataque de ira, los presentes se apartaron del conde dejándole desfogar su rabia mientras Uærliyj, el más frio de todos ellos, recogía el pergamino y leía su contenido.

 

El mensaje constaba de dos partes, en la primera Kerena le comunicaba que el castillo se hallaba en poder de los caballeros de la Iglesia y le informaba que tanto ella como su hijo Medvetslös se encontraban perfectamente y estaban siendo tratados con extrema cortesía por parte de los conquistadores, a quienes comandaba su secretario, el hombre al que había dejado al mando del castillo. La segunda parte era un mensaje del prior del cenobio de Kommerbyen, en el que le instaba a entregarse al rey Försiktig, junto al resto de los conspiradores, con el fin de evitar un innecesario derramamiento de sangre.

 

 Cuando, tras destrozar el contenido de la tienda, el conde recobró la calma, Uærliyj le preguntó en tono socarrón:

 

—¿Qué vamos a hacer Sörjendèll, luchar contra los fantasmas que han conquistado tu castillo, o rendirnos como nos piden en el mensaje?

 

—¡Déjate de sandeces Uærliyj, la situación no está para bromas! Si han conquistado el castillo se debe a la traición de aquel a quien confié su custodia, no a la aparición de ejércitos fantasma. Seguiremos adelante con nuestro plan y cuando tengamos al rey en nuestro poder recuperaré el castillo sin lucha.

 

Sin dar pie a más discusiones, el conde se puso al frente de sus tropas y las ordenó avanzar a marchas forzadas hacia Hämnstaj para recuperar la ciudad, pero apenas se habían alejado un poco del campamento internándose en un angosto valle, cuando vieron frenado su avance por un ejército a cuyo frente ondeaban pendones que lucían el negro navío de Dönhar y el bieldo y la espada de la Iglesia. Al verlo las confiadas fuerzas rebeldes se detuvieron y Sörjendèll, consciente de que su única opción era enfrentarse al enemigo que loes cerraba el paso, y confiando en su superioridad numérica, ordenó a sus hombres que cargasen contra él y ese fue su último error. Sus tropas, pobremente entrenadas, no eran enemigo para los hadar comandados por Edzàrj, quienes los derrotaron con rapidez provocando que, aquellos hombres más acostumbrados al arado que a las armas, huyeran en desbanda abandonado toda su impedimenta. Cuando terminó la batalla, los hadar comprobaron con satisfacción el escaso número de bajas causadas a los rebeldes, entre las que se encontraban Sörjendèll y el resto de los conspiradores que se negaron a rendirse por temor al destino que les esperaba.

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