El tiempo

patron-de-relojes-de-pared-a-color_1085-157Viejo y decrépito, doblada la espalda bajo mi propio peso y caminando por un sendero de estrellas. ¡Soy joven! y me representáis viejo. En mi entorno, el silencio inalcanzable y absoluto del movimiento inmóvil. ¡Soy fuerte! Y me veis decrépito sin sospechar que mi fuerza es eterna. Me maldecís sin pensar que solo en mi existís, porque nada existe fuera de mí, solo el recuerdo y el recuerdo tampoco existe sin mí, porque es mi propio reflejo en el espejo de la eternidad y también precisa de mí para existir.

Círculos dobles marcan mi camino -que no es camino- en vuestros ojos, círculos que solo en ellos existen, ya que no paso dos veces por el mismo sitio y no son más que la relación entre dos puntos ficticios situados en una esfera plana, la esfera del reloj, fuera de la cual avanzo inmóvil.

Soy la contradicción del filósofo que dijo: “Lo que se mueve no permanece ya que lo que permanece no cambia” Porque me muevo, inmóvil y permanezco y cambio.

Tic-tac, se rompe el silencio y cambio mi rostro -que no tengo- y se muestra amable.

Tic-tac, y el rostro que no tengo se torna hostil.

Tic-tac, y ese rostro, del que carezco, vuelve a ser amable.

Tic-tac, y desaparezco de vuestra vista que ya ha dejado de ser vista.

Pero ¿Me veis? ¿Veis el fuego en que me acabo de consumir? ¿La hoguera en que estoy muriendo? ¡No! No me veis, porque no hay fuego que me consuma y lo veis, ni hoguera en la que muera y también la veis. Solo existo en mi eterno nacimiento, que no veis. Lo que veis al creer verme es solo mi camino, que no es camino si no la relación entre dos puntos marcados por el giro de las agujas en la esfera plana del reloj.

Francisco Javier Campos, enero de 1968

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