El café

Cuadro de Luudwing Passini

Cuadro de Luudwing Passini

La capital, la ciudad con su bagaje histórico y cultural, con sus calles tranquilas y su tipismo de villa castellana ha desaparecido engullida por el inexorable correr del tiempo. En su lugar se levanto hoy una nueva cuidad, moderna, brillante, impersonal, donde la línea recta a sustituido a las volutas del barroco. Ahora todo tiende hacia arriba, todo es recto, nada permanece. El reloj se ha transformado en un tirano dueño de nuestras vidas.

¡Corriendo! Siempre corriendo, todo con prisas, así transcurre nuestra vida. ¡Todo cambia, todo evoluciona…! No quedan restos del pasado inmediato, del pasado siglo…

Por eso cuando lo vi paré admirado. ¡No! No puede ser. Pero… ¡Sí! Allí estaba, incólume al paso del tiempo, como si este se hubiera detenido, retrocedido. Avancé admirado, observando con ojos golosos todo los que aparecía a mi paso; las mesas, aquellas mesas de tablero de mármol blanco mil veces pintado por los jugadores de dominó o de cartas, para señalar los tantos obtenidos. Con círculos amarillentos, señales de los mil vasos y tazas que han sostenido, mientras se desarrollaba alguna culta tertulia, o una pareja de recatados novios, de primeros de siglo, se declaraban por millonésima vez su amor.

Aquel salón de paredes marfileñas, antes blancas, a causa del humo de miles de cigarrillos y techo artesonado disfruta, al ritmo marcado por un viejo reloj de esfera doble colgado en la pared, de una tranquila y plácida senectud.

Aquí nada ha cambiado. Mejor dicho, muy poco ha cambiado. Permanecen el mismo mostrador que se quiebra en ángulo para mostrar su envejecido rostro a todo el local, y las mismas filas irregulares de mesas que nos invitan a sentarnos y descansar… Descansar de la enojosa perfecta imperfección de nuestra vida determinada por el correr del reloj, que como un grillete, llevamos en la muñeca. Invitando a que dejemos volar nuestro espíritu por esas regiones ingénitas en nosotros: la imaginación, la fantasía, el ensueño.

Imaginación, fantasía, ensueño… Conceptos que no tienen cabida en los fundamentos de la vida actual, en la que todo ha de ser material, tangible, mensurable, en el más estricto y aterrador sentido de las palabras. En este mundo mercantilista que nos ha tocado vivir, en el que no tienen cabida ni el espíritu ni lo espiritual. En el que la palabra amor se ha convertido en un sinónimo de sexo.

Estoy soñando ¡Esto no puede ser real! -¿Que desea tomar el señor?- El camarero me saca de mi ensoñación -Un café solo- Respondo, porque aquí si tienen café, café, un café exprés negro, cubierto con una dorada capa de espuma, como mandan los cánones. Me lo sirve acompañado de dos terrones de azúcar, medida ideal mara endulzarlo (un terrón normal, dos dulce), no de un sobre que no te permite dosificar la cantidad. Lo paladeo con fruición, disfrutando plenamente de su sabor.

Vuelto de mi ensueño, percibo el murmullo de la conversaciones, voces bajas, mesuradas y caigo en la cuenta de que no es la algarabía habitual en otros locales, en los que, lo quiera yo o no, me entero de cuantas enfermedades tiene la señora sentada con una amiga en la mesa de al lado, o de como le van los estudios al hijo del caballero sentado tres mesas más allá.

Seis campanadas, nítidas, vibrantes, me sobresaltan. El reloj cumple con su deber y pone fin a mi sueño.

Otra vez en la calle los ruidos de la atareada ciudad me asaltan. Con paso lento y tras echar una última mirada para grabarlo en mi retina, me alejo del café. Volveré, claro que volveré.

Fco. Javier Campos, febrero de 1972

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