Miedo ancestral

dolor-de-la-ira-terror-grito_21-541El sol brilla implacable en el cielo iluminando un monótono paisaje de dunas multicolores que, con las manos desnudas, trato de hacer desaparecer por un agujero. Por mi rostro corren ríos de sudor y sordos tambores martillean en mi cabeza con un ritmo monótono, constante, mientras oleadas de dolor recorren mi cuerpo.

Las dunas no desaparecen, por más que me esfuerzo, me rodean por todas partes, se enredan en mis pies y estoy a punto de caer. Tapo el maldito agujero que parece reírse de mí mientras, con dedos temblorosos, giro diales y aprieto botones tratando de huir. Por un momento el ruido del agua se impone al batir de los tambores hasta que una nueva oleada de dolor me azota.

El mundo comienza a girar y siento vértigo. Cierro los ojos ¡Tengo hambre! pero otro ramalazo de dolor me hace olvidarla. Un sudor frío empapa mi cuerpo, el mundo comienza a disolverse a mi alrededor y la poca cordura que me queda se dispersa y estalla como una pompa de jabón, mientras el sordo batir de los tambores se adueña de mi cabeza.

Mi espíritu me abandona y vaga por un mundo incierto de dolor y sonidos discordantes. Aferrándome a una última brizna de consciencia, busco el cajón de las pócimas.

Ya no escucho los tambores y el dolor me abandona lentamente. Abro los ojos, y a la impersonal luz de un fluorescente contemplo un abigarrado montón de ropa blanca al pie de la lavadora. ¡El calmante ha hecho efecto por fin!

¡En cuanto termine con la colada pido hora al dentista!

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