Pensar duele

head-172351_960_720En el S. XI y en la Plaza de la Cebada de Madrid, se celebraba una tremenda batalla nabal, mientras, en un rincón de la plaza, un hombre decía a otro: “Señor, aré lo que pude”

Desgraciadamente, si nos encontramos esto en un post en las redes sociales, lo primero que pensarían (los pocos que en la actualidad practican esa noble actividad) es que quien lo ha escrito es una persona que desconoce la ortografía. Algunos, los menos, (aquellos que, aparte de pensar, tienen una cultura más sólida), verían que está escrito con una correcta ortografía y se situarían, al leerla, en el escenario real en que se desarrolla.

En el S. XI, en la Plaza de la Cebada (Plaza de la Cebada, es el nombre propio de la plaza, y por tanto, las dos palabras se escriben con con mayúscula) de Madrid, no había (como no lo hay ahora) mar, sino un mercado de productos agrícolas, por lo tanto la batalla que se celebraba era con nabos, que no de naves y la conversación que mantenían los dos hombres se referían a la cantidad de terreno que había podido arar, no a lo que había podido hacer.

Sirva esto de introducción al planteamiento de uno de los mayores problemas que aqueja a nuestra sociedad actual: “La generalizada incultura de que adolece”, no solo en cuestiones de ortografía y sintaxis, desconocidas para la mayoría, ya que con que se entienda basta, al decir de muchos, sino en cultura, tomando la cultura, según dice la segunda acepción del Diccionario de la lengua española de la RAE como el conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.

Las consecuencias que esto acarrea son dobles. De cara a las relaciones sociales, comerciales, etc. aparece una cruda realidad, “que no se entiende”. Para comprobar este hecho solo hay que sentarse y escuchar cuantas conversaciones que se producen a nuestro alrededor, en las que dos personas tratan de convencer, la una a la otra, de su opinión, cuando la realidad es que “las dos están diciendo lo mismo”. No hablemos de que surjan problemas con la empresa, la administración, la justicia… En este caso la frase más utilizada es “Yo no sabía…”, seguida generalmente de “ No es culpa mía, nadie me dijo nada”

Esto último entronca con la segunda de las consecuencias a que antes me refería, que son las consecuencias de cara a nosotros mismos. “Yo no sabía…” ¡Efectivamente, no sabías! Y el no saber acarrea perjuicios, tanto a nuestra economía, como al devenir de nuestra vida. Para tomar decisiones acertadas, es necesario analizar los hechos que nos rodean, y para poder hacerlo necesitamos saber, cuanto más mejor, pues el conocimiento nos proporciona las bases para la comparación. El conocimiento es lo único que nos proporciona verdadera independencia, ya que sin él nos encontramos a expensas de lo que decidan otros.

Desgraciadamente, en la actual sociedad, valoramos más el adiestramiento, (entendiendo por adiestramiento según el antes citado Diccionario de la RAE, que dice en su primera acepción “Hacer diestro, enseñar, instruir”) para la práctica de una profesión, sea cual sea esta y sea cual sea el nivel que tenga. Pensamos que con esto es suficiente, que no somos nosotros los que fallamos, todo es culpa de los demás, cuya obligación es suplir nuestras carencias. Vivimos encerrados en nuestro mezquino mundo, personal y cerrado a todo lo que no sean nuestros deseos, pensando que la sociedad es un monstruo de muchas cabezas cuya única misión es dificultar y poner trabas a nuestra vida, sin admitir que con nuestra falta de cultura, somos nosotros mismos los que creamos esas trabas ya que, a fin de cuentas somos nosotros los que moldeamos la sociedad. Pero, a fin de cuentas es que “Pensar duele”

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