Viendo la televisión

screen-92134_960_720Anoche, como el sueño decidió irse de copas, me quede viendo la televisión hasta altas horas de la madrugada. Normalmente cuando veo la tele desde la cama, me duermo en segundos, por lo que suelo programarla para que se apague a los treinta minutos, pero ayer no fue el caso, por lo que puse un canal de documentales, que yo tenía por serio, y para mi sorpresa, me encontré con un documental que, mediante los testimonios de unos “expertos”, la mayoría de ellos escritores de “revistas científicas” de rimbombantes títulos, y autores de libros de similares características, nos explicaban que no estamos solos en el universo y que las grandes obras del hombre, eran en realidad de origen alienígena.

Aportaban “pruebas” de ello citando pinturas rupestres, signos extraños comunes a civilizaciones muy alejadas entre si, e incluso citaban la Biblia. Todas estas alegaciones, me recordaron mis tiempos de preadolescente, cuando junto a un amigo, nos pasamos una mañana copiando los símbolos que aparecían grabados en las piedras de la fachada de la iglesia románica de San Salvador de Sepúlveda y se repetían de forma aleatoria. En esos momentos estábamos convencidos de que eran mensajes cabalísticos dejados allí por alguna secta esotérica, o incluso, por los extraterrestres. Años después, al continuar nuestros estudios, nos enteramos que esas marcas grabadas en la piedra, eran las que hacían los maestros canteros que tallaban las piedras durante la construcción de la iglesia para que les pagaran por número de bloques tallados.

Aburrido de aquellos despropósitos, decidí ver los canales que emitían y me encontré con varios canales de videncia. Decidí sintonizar uno de ellos al azar y me encontré con una señora que manejaba unas cartas del tarot, de grandes proporciones, y que aconsejaba a una persona sobre una relación sentimental, confirmándole que era la adecuada y que iba a ser muy feliz, para instantes después decirle que podía no salir tan bien y podía hacerle mucho daño. Que no lo diera por hecho y que, aunque iba a salir bien, tuviera mucho cuidado. En principio pensé que sería un caso, o una serie de casos, aislados debido a la hora de emisión, pero luego caí en la cuenta de dos cosas. Una que el canal emitía las veinticuatro horas y su coste de mantenimiento en antena no era barato. Otra, el recuerdo de una señora mayor que, trabajando yo de responsable provincial de una empresa de telecomunicaciones, pidió hablar conmigo para ver como podía hacer el pago de una factura de teléfono de forma fraccionada para evitar el corte de la línea. Llorando, me dijo que eran llamadas a una línea de tarot y que el importe de la factura ascendía a un millón de pesetas que no podía pagar de golpe con su pequeña pensión de jubilación. Le pregunté, visto el desorbitado importe de la factura, si quería reclamar porque fuera un error, a lo que me contestó que no, que se encontraba en un momento de depresión y había hecho ella las llamadas, que no eran un error.
Indignado por el recuerdo, continué repasando la lista de canales y, para mi sorpresa, me encontré con un canal que nunca pensé encontrarme en la parrilla de una televisión en España ¡Un canal de telepredicación! Conocía la existencia de este tipo de canales en Estados Unidos, pero nunca pensé que pudieran existir en España. ¡Me equivoqué! Ahí estaban montando su show (utilizo esta palabra en lugar de la castellana “espectáculo” porque todo era estilo americano) mezcla de alabanzas a Dios, espectáculo de milagros y éxtasis popular y mucho, mucho marketing subliminal.

A la vista de esto, me paré a pensar en la situación en la que se encuentra la sociedad en que vivimos. Soledad, desconfianza en nosotros mismos para tomar nuestras propias decisiones… ¿Buscamos llenar el vacío de nuestras vidas aferrándonos a las más absurdas teorías? ¿Tan vacíos de valores nos encontramos?

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