El virus

zombie-949915_960_720Nuestro mundo no era perfecto, nada humano puede serlo, pero al menos éramos dueños de nuestras vidas. Sabíamos que nos podía deparar nuestra individualidad y se podía, si queríamos, compartir nuestras ideas y pensamientos con nuestros vecinos, dialogar con ellos y compartir nuestras ilusiones, deseos y decepciones sabiendo que, en mayor o menor grado serían compartidas, o al menos comprendidas, por ellos. Volviendo la vista atrás era una época feliz.

La gente se agrupaba según sus afinidades y procuraba ser feliz, trabajábamos cuando era necesario hacerlo, pero siempre deseando terminar para poder reunirnos con la familia y los amigos con el fin de disfrutar de los ratos de ocio. Siempre había algo que hacer, algo sobre lo que hablar. Lo que nos se le ocurría a uno, se le ocurría a otro y de esta forma tranquila y apacible transcurrían nuestras vidas, hasta que el virus nos invadió.

Cuando ocurrió no estábamos preparados para ello. La epidemia se extendió por todo el mundo, lentamente al principio por lo que todos pensamos que no era más que un malestar pasajero y no valoramos adecuadamente sus efectos. Cuando comenzaron a alzarse algunas voces, negando que fuera un malestar pasajero, sino una enfermedad epidémica de desastrosas consecuencias, todos los consideramos un grupo de catastrofistas de los que suelen aparecer de tanto en tanto en el seno de la sociedad.

¡Cuan equivocados estábamos! Lo que empezó afectando a un pequeño número de individuos paso a afectar a grupos reducidos y cuando quisimos reaccionar se había extendido de forma exponencial afectando a la gran mayoría de la población. Los individuos se convirtieron en zombis que caminaban por las calles recelosos, en los casos más leves, y agresivos en los más graves. Dejaron de pensar, atormentados por los monstruos que llenaban sus mentes, y su actividad intelectual se limitaba a repetir de forma incesante los mantras que les insuflaba el virus.

Cuando quisimos poner remedio ya era demasiado tarde y descubrimos horrorizados que las medidas de profilaxis tomadas para erradicar la enfermedad, si bien surtían algún efecto en los adultos, estos eran demasiado leves para lograr su curación, y lo peor de todo era que, en los jóvenes, los infectados de segunda generación producían un efecto contrario al deseado agravando el mal.

Antes de que nos diéramos cuenta el virus afectaba a la casi totalidad de la sociedad. Solamente pequeños grupos de individuos, que se habían aislado, luchaban denodadamente en una batalla perdida de antemano. La agresividad de los zombis se incrementó hasta tal punto, junto con su capacidad de descubrir a los no afectados, que el menor estímulo provocaba brutales enfrentamientos en los que menudeaban las víctimas. Los horrores creados por el virus en la mente de las personas infectadas habían adquirido una consistencia cuasi-real invadiendo todos los rincones e infectando paulatinamente a los más resistentes.

Somos ya muy pocos los que quedamos y cada vez nos resulta más difícil resistir ante esta invasión. Solo es cuestión de tiempo que sucumbamos a ella. Por eso escribo esto y mientras me queden fuerzas seguiré haciéndolo para dejar testimonio de lo acaecido, pero soy consciente de que me queda poco tiempo de lucidez porque, aunque me encuentro en un búnker rodeado de antídotos noto que el virus se va apoderando poco a poco de mi. Sus monstruos llenan mi sueño y noto que cada vez me cuesta más coger un libro, a la par que paso mucho más tiempo metido en las redes sociales o viendo la televisión.

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