Una triste historia que nunca debió ocurrir

classroom-521054_960_720Raúl y Josefina eran un matrimonio joven, como muchos otros de los que hay en el país. Se conocieron en una discoteca una noche de verano y rápidamente congeniaron, ambos provenían de familias de clase media, de esa clase media trabajadora, que con mucho esfuerzo, fueron capaces de sacar a sus hijos adelante, en un ambiente de cariño y respeto.

Cuando se conocieron los dos estaban terminando sus estudios, Raúl de ingeniería industrial y Josefina de enfermería y con la sana despreocupación de la juventud, consciente de que está al comienzo de su vida, comenzaron a salir, esporádicamente al principio y con más asiduidad según pasaba el tiempo. Poco a poco su relación fue consolidándose y llegado el momento decidieron casarse.

Eran un matrimonio feliz, los dos tenían trabajo y la vida les sonreía. Pasados unos años y ya consolidada su situación económica pensaron en tener un hijo. Eran conscientes de que esto les iba a cambiar la vida de forma radical, pero a los dos le hacía mucha ilusión tenerlo y pensaron que, cuanto antes mejor, por lo que después de analizar los pros y los contras, tomaron la decisión y una noche de otoño vino al mundo Ernesto, un niño sano de tres kilos y quinientos gramos de peso que hizo las delicias de padres y abuelos. Los orgullosos padres decidieron que eran ellos los que debían criar a su hijo y no dejar esta labor en manos de otros, por lo que Josefina solicitó el turno de noche en el hospital donde trabajaba, cosa que consiguió sin dificultad, para poder estar con su hijo durante el tiempo en que su padre no estaba en casa y Raúl se convirtió en un experto en cambiar pañales y prepara biberones, que dormía con un ojo abierto, pendiente de las necesidades del niño.

El tiempo fue pasando y con él pasaron los momentos felices de los primeros pasos, las primeras palabras y los angustiosos, para padres primerizos, de las primeras fiebres, la varicela, el sarampión, las primeras caídas… Pero ¡Por fin! todo eso había pasado, como pasó la guardería y la enseñanza primaria y todos sus esfuerzos y privaciones y renuncias personales habían dado su fruto. Este año Ernesto comenzaba la ESO.

Este era el año del cambio. Josefina pudo cambiar al turno de mañana y dormir, de nuevo, por las noches todos los días junto a Raúl, no solo los días que libraba, y Raúl pudo abandonar la constante duermevela de los últimos años y descansar plácidamente junto a su mujer, por los que se las prometían muy felices y, al principio, fue así.

Ernesto era un niño serio y algo retraído, no quiere esto decir que que fuera huraño, no, ni mucho menos, era sociable y educado, algo tímido quizás, más reflexivo de lo habitual en un niño de su edad, pero cuando se traspasaba esa barrera de timidez era encantador y cariñoso como cualquier otro niño. Tanto en la guardería como en el colegio los informes de sus profesores coincidían, según ellos era un niño trabajador, respetuoso, con un nivel algo por encima de la media y socialmente integrado con sus compañeros aunque, a causa de su timidez, el principio le costaba hacer amigos. En resumen, un niño normal que, si no se estropeaba, tenía ante si un brillante futuro.

En sus primeros meses de instituto Ernesto era un niño feliz, ya que le divertía ir a clase, no le costaba estudiar y no se metía en líos. De carácter afable evitaba confrontaciones y procuraba pasar desapercibido con el pequeño grupo de amigos que había formado, a los que interesaba más divertirse jugando al fútbol o comentando las estrategias del último videojuego de moda. De este modo pasó el primer trimestre y llegaron las vacaciones y las notas que, sin llegar a ser brillantes, fueron bastante buenas, la más baja un seis y la más alta un ocho. Raúl y Josefina estaban orgullosos de su hijo y porque no decirlo, satisfechos de su labor como padres, que compensaba sobradamente sus renuncias personales.

A poco de empezar el segundo trimestre la cosa comenzó a cambiar. Al principio no se dieron cuenta, pero poco a poco fueron notando que Ernesto ya no estaba tan alegre como siempre, cada vez pasaba más tiempo ensimismado en sus pensamientos y un aura de tristeza velaba su semblante, pero lo que disparó las alarmas fue el hecho de que empezara a inventar excusas para no ir a clase. Cuando no le dolía el estómago era la cabeza o había dormido mal por la noche y no se despertaba a tiempo por estar muy cansado. Preocupados por estas actitudes, decidieron informarse de la marcha de Ernesto en el instituto, por si habían surgido problemas. En la reunión que Josefina mantuvo con el tutor de Ernesto, este le dijo que no había observado ningún problema, había hablado con los profesores que le daban clase y éstos le informaron de que todo era normal, quizás un leve descenso en el rendimiento académico, pero no para darle importancia dado que, el segundo trimestre del curso era el más intenso y en el que las materias se complicaban más, por lo que era común en todos los alumnos esa disminución de rendimiento.

Más tranquila, volvió a casa y la familia reanudó su vida normal y aunque Ernesto seguía taciturno y un poco ausente no le dieron mayor importancia ya que, al comentar esto con parientes y amigos, todos le dijeron que esas actitudes eran normales en niños de esa edad que estaban entrando en la pubertad.

Una tarde, mientras Ernesto se duchaba, Josefina entró en el baño para darle el pijama y observo que tenía el costado con un tremendo moretón de bordes amarillentos. Su formación como enfermera le dijo que aquello se debía a un fuerte golpe, por lo que cuando Ernesto salió del baño, le sentó a su lado y le preguntó como se lo había hecho. Tras muchos rodeos Ernesto le confesó que desde principios del trimestre un grupo de chicos, los guays, la tenían tomada con él, al principio solo eran insultos, luego empezaron a robarle pequeño material escolar y la cosa había terminado en una paliza a patadas, propinada en grupo en el recreo, por haber dicho al profesor en clase que uno de ellos le acababa de romper el cuaderno con las actividades del día. Indignada, Josefina pidió al día siguiente una cita con el director.

Cuatro días después, no pudo ser antes porque estaba muy ocupado, el director la recibió en su despacho y Josefina le expuso los hechos ocurridos, a la vista de los cuales, trató en un principio de restarles importancia diciendo que eran cosas de críos y que un moretón no tenía tanta importancia. A la vista de esto, Josefina le dijo que, como enfermera de urgencias estaba acostumbrada a ver y valorar todo tipo de lesiones y que las que presentaba su hijo no eran simples moretones, sino las lesiones producidas por una brutal paliza y que si no tomaba medidas inmediatas para que esto no volviera a ocurrir las tomaría ella presentando una denuncia contra el instituto y otra contra la persona responsable del mismo. Ante esto el director le dijo que el instituto no podía hacer mas de lo que hacía, le habló de la falta de medios, de que los profesores estaban allí para enseñar, no para educar ya que esto era labor de las familias, de que había en todos los recreos un profesor vigilando que no se alterar el orden, perdiendo su hora de descanso y mil excusas más, a lo que Josefina le respondió que eso era un problema a solucionar por el instituto, ya que los padres enviaban allí a sus hijos en la confianza de que iban a estar seguros, que un profesor vigilando a más de cuatrocientos alumnos que no paran de moverse en un recreo no es suficiente y que el instituto era el responsable de tomar las medidas necesarias para garantizar la seguridad de los que allí estudiaban, sobre todo por ser menores de edad. A esto el director respondió que, por ser menores de edad, los alumnos eran prácticamente intocables, pero que no se preocupara que, en vista de lo ocurrido, tratarían de tomar las medidas necesarias para evitar hachos similares.

Una semana antes de las vacaciones de Semana Santa el recreo se vio interrumpido cuando el cuerpo de un niño caía desde la azotea del edificio y se estrellaba violentamente contra el suelo. Era Ernesto y en su cuaderno se encontró una nota dirigida a sus padres pidiendo perdón por no poder soportar más esa vida de torturas y acabar así.

Tres vidas destrozadas y ¿Nadie es responsable de estos hechos?.

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