¿Hice bien?

child-164317_960_720Los años han pasado y todavía tengo dudas sobre si actué bien. Eran las dos de la tarde de un día de verano en Madrid, uno de esos días en los que el sol y el asfalto se alían para convertir la ciudad en un horno y a los madrileños en asado de personas maceradas en sudor. Acababa de volver de vacaciones y acostumbrado a la ropa ligera, pantalones cortos y polo, que había estado utilizando en la sierra, la chaqueta y la corbata me parecían, en aquel momento, un invento del demonio pensado única y exclusivamente el día, más si tenemos en cuenta que mi jornada laboral terminaba precisamente a las dos de la tarde.

Bueno, a las dos de la tarde un día normal, pero aquel no era un día normal. ¡No ni mucho menos!, era el día de vuelta de vacaciones y todo el mundo que trabaja sabe que las vacaciones son el periodo del año en que más te cansas. En vacaciones ¡Te levantas a la misma hora que el resto del año!, ya que tienes el cuerpo acostumbrado a despertarse a una hora y por más que quieras no logras cambiarlo. Ahora, eso sí, aprovechas más el día. Piscina por la mañana, que te agota porque no tienes el cuerpo acostumbrado a tanto ejercicio. Café y partida de mus por la tarde y copas hasta altas horas de la madrugada, por lo que llegas a la cama rendido, si no vas también, que generalmente vas, perjudicado por las copas de más que llevas encima.

El día que regresas de las vacaciones, es el día en que te encuentras a tus compañeros sonrientes diciéndote aquello de que lo bueno siempre se acaba y rematan con aquello de que, “ahora me toca a mí, Hasta el mes que viene”. Esto junto al hecho de que al entrar en el despacho ves, acumulados en tu mesa y debidamente amontonados, todos los asuntos que nadie ha resuelto mientras estabas fuera y ahora te toca a ti hacerlo, te pone de un humor excelente. Solo el zumbido del aire acondicionado te hace soportable el día, y digo el día porque sabes, como persona formal y consciente que eres, sabes que vas a pasarte la tarde resolviendo los temas que te han dejado amablemente sobre la mesa ya que, “solo tu los entiendes y no quieren meter la pata”.

En esta tesitura, decidí comer en la cafetería que había al lado de la empresa, decisión que se vio reforzada cuando recorrí los escasos veinte metros que las separaban, bajo el tórrido sol del mediodía. Me senté en la mesa en que habitualmente desayunaba y pedí la comida y un periódico para hacer tiempo.

Estaba a media comida cuando unos murmullos más altos de lo habitual llamaron mi atención, levanté la cabeza del periódico (me encanta comer y leer a la vez) y vi a una niña que había entrado sola en el local y atraía todas la miradas. La niña, de unos seis años, miraba temerosa a su alrededor secándose el sudor de las manos en un sucio vestido que destacaba, como un cuervo en una pajarería, entre la impoluta vestimenta de los clientes. Con paso incierto se me acerco y me dijo con una vocecita tímida y candorosa –Señor, podría darme algo para un bocadillo, hoy no he comido y tengo hambre.

La serenidad y tristeza de aquellos ojitos, tocaron una fibra en mi interior que hizo que llamara el camarero y le pidiera que, en una barra de pan de pusiera un filete de ternera generoso,se lo diera a la niña y lo apuntara en mi cuenta.

Terminé de comer, pagué la cuenta y salí del establecimiento dos o tres pasos por detrás de una sonriente niña con un bocadillo en la mano.

Salía preparado para recibir una bofetada de calor al pisar la calle, pero no estaba preparado para lo que me encontré fuera. Una señora de unos treinta y cinco años, decentemente vestida, se cercó a la niña, le quitó el bocadillo y le dijo –Eres una inútil. Te ha dicho mil veces que no cojas bocadillos, que te den dinero, entiendes, dinero– Y mientras le decía esto, comenzó a comerse, sin pudor ninguno, el bocadillo, mientras los ojos de la cría se anegaban de lágrimas.

Me quedé parado sin saber reaccionar. En aquella época no existían los móviles y no había ningún policía a la vista. Por eso me pregunto, recordando aún hoy la cara de desilusión de aquel angelito. ¿Hice bien dándole el bocadillo?

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