Una aventura en la selva

motoraConsumido por la impaciencia esperaba que llegara el momento de subir a la motora y empezar el viaje. La fila de tres o cuatro personas que, delante de mi, esperaban su turno para embarcar se me hacía inmensa y maldecía interiormente su lentitud y torpeza para subir a bordo.

¡Maldita sea! Si no estáis preparados para realizar el viaje no haber venido. Por fin llegó mi turno y ágilmente salté a la cubierta y me situé pegado a la cabina del piloto en el costado de estribor. Había menos pasajeros de los que, en mi impaciencia había supuesto, en total no sumábamos más de diez personas de los que yo era el más joven.

Note un ligero temblor de la cubierta y escuché el ruido de los motores, un sonido monótono y cansino que denotaba los muchos años que tenían. Lentamente, empezamos a separarnos del embarcadero, el viaje había comenzado y en ese momento, una ligera brisa mitigó levemente el sofocante calor de la tarde. Mis ojos no perdían detalle de los que ocurría. Como navegábamos cerca de la orilla, pude contemplar la frondosa selva de altos árboles cuyas verdes copas tapaban el sol, escuchar el canto de los pájaros y el rugido de las fieras. Algunos nativos saludaban nuestro paso agitando las manos y en viaje transcurría plácidamente.

Estaba a punto de dormirme acunado por el monótono ruido del motor, cuando una lanza se clavó en la cabina del piloto a escasos centímetros de mi cabeza. Sorprendido me quedé paralizado un instante mirando al piloto, que me estaba haciendo señas y señalando el costado de babor. Horrorizado, vi como un sinnúmero de canoas atestadas de indígenas se dirigían hacia nosotros mientras sus ocupantes no paraban de arrojarnos lanzas.

Habíamos llegado a un claro de la selva ocupado por un antiguo templo con impresionantes columnas. De ahí provenían nuestros atacantes que cada vez se encontraban más cerca de nosotros, de forma que podíamos escuchar sus incoherentes voces y risas.

Sin pensarlo dos veces, encaré mi winchester modelo 1873 y accionando la palanca realicé una serie de disparos en rápida sucesión hasta quedarme sin munición en la recámara. Desgraciadamente, en mi precipitación fruto de la inexperiencia, había fallado la mayoría de los disparos, por lo que eché mano de los revólveres que, con motivo del viaje, me había regalado mi padre, dos Colt Single Action Army del calibre cuarenta y cinco recién salidos de la fábrica de Hartford. Arma cuya fiabilidad le había valido el apodo de “peacemaker” y que utilizaba la misma munición que el winchester, cosa que me había ahorrado bastante peso.
Pasados ya esos primeros momentos de precipitación, comencé a disparar alternativamente, primero con una mano y luego con la otra, a nuestros atacantes mientras pedía a una de los pasajeros, no me fijé a quién, que recargara mi rifle. En un primer momento, mis disparos frenaron el avance de las canoas, pero eran demasiados y animándose y azuzándose por medio de gritos, no tardaron en alcanzar el costado de nuestro barco.

Resignado a vender cara mi vida, noté un ligero golpe en la embarcación y sentí que la mano de mi abuelo cogía la mía mientras me decía:

Recinto del oso blanco en la antigüa Casa de Fieras del parque del Retiro de Madrid

Recinto del oso blanco en la antigüa Casa de Fieras del parque del Retiro de Madrid

“Javier, deja ya de soñar y baja con cuidado de no caerte. Ahora damos un paseo por la Casa de Fieras, tomamos un chocolate con churros para merendar y nos vamos a casa que tu madre nos está esperando”

Y así terminó mi gran aventura, cuando subí por primera vez a la motora del estanque del Parque del Retiro, el día que cumplía ocho años.

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