La ventana

VentanaCuando miraba el mundo desde mi ventana había veces en las que me gustaba lo que veía y otras en las que no. Generalmente me gustaba, aunque en ocasiones me invadía la sensación de que faltaba algo.

Al principio esto no me preocupaba en absoluto. Me relacionaba, a través de ella, con la gente y mis ideas, mis pensamientos, se alimentaban de las lecturas –soy un ávido consumidor de libros– que realizaba y que daban alas a mi imaginación para recorrer el mundo. En resumidas cuentas, era una forma cómoda de vivir en la que era feliz y sentía pena por la gente a la que veía mojarse cuando llovía, sudar por el calor, tropezar y resultar heridos, o discutir acaloradamente hasta llegar a enemistarse unos con otros. A mi no me ocurría eso pues simplemente, con cerrar la ventana, eludía todos esos problemas.

Con el paso del tiempo, comencé a sentir una cierta sensación de desazón, no era nada concreto, era algo parecido al tic tac de algunos relojes antiguos que, por estar tan acostumbrados a oírlo, dejamos de percibir y solo lo escuchamos en algunos momentos de profundo silencio.

Siguió pasando el tiempo y mi bien construido mundo comenzó a resquebrajarse, llegó un día en que fui plenamente consciente de que las cosas no iban bien, de que algo no encajaba como debiera. Esto me preocupó un poco, no mucho, ya que pensaba que tendría fácil solución, simplemente sería cuestión de hacer unos pequeños ajustes y todo volvería a ser como antes, solo tenía que encontrar donde había que hacerlos.

Cuando noté que cada uno de los ajustes que realizaba, no solo no solucionaban el problema, bien al contrario lo empeoraban un poco más, empecé realmente a preocuparme. La frustración comenzó a adueñarse de mí cuando, por mas esfuerzos que hacía, no daba con la solución. La impotencia comenzó a invadirme y mis reacciones ante cualquier estímulo se volvieron desproporcionadas, cosa que vino a agravar la situación. Las noches, antes apacibles, se poblaron de pesadillas, de las que despertaba empapado en sudor y con una indescriptible sensación de angustia que no lograba comprender. Comencé a pasear como un león enjaulado por la, antes luminosa y ahora lúgubre habitación.

Un momento, un momento, un momento… Como un león enjaulado… ¡Por supuesto!, que ciego había estado, ese era el problema. ¡Me sentía enjaulado encerrado en mi habitación! Suspiré aliviado al comprobar que, una vez detectado el verdadero problema, la solución era increíblemente sencilla, solo consistía en salir de la habitación, por ello, con pasos decididos, me dirigí a la puerta y traté de abrirla.

Para mi sorpresa la puerta permaneció cerrada, por más intentos que hacía no conseguía abrirla. Tras unos momentos de pánico irracional miré la cerradura, la llave no estaba, este hecho me tranquilizó y empecé a buscarla, pero pronto me cansé y retorné a mi vida habitual. Inconscientemente temía lo que me pudiera ocurrir si abandonaba ese ambiente familiar y aunque ya no me satisfacía y las pesadillas seguían poblando mis sueños, la búsqueda de la llave pasó a ocupar un segundo plano. Su falta se convirtió en la necesaria excusa para no salir.

Tenía miedo, miedo a mojarme, al frío, al calor, a los problemas, a mancharme, a los sentimientos, al odio, al amor, miedo a la vida y, sobre todo, miedo a enfrentarme con mis propios miedos. Tardé en darme cuenta de esto, en darme cuenta de que no existía ninguna llave que cerrara la puerta, de que la llave eran mis miedos, era yo. Cuando comprendí esto la puerta desapareció, y la ventana, y la habitación. Y en ese mismo momento, el antes estrecho horizonte de mi vida se amplió hasta el infinito, y me mojé, y pasé calor, y me manché, y tuve problemas, y odié, y amé, y empecé a vivir la vida plenamente.

Es cierto que, al principio me costó adaptarme, que lo pasé mal, que sufrí, pero esas penurias se vieron ampliamente compensadas porque, al fin, era feliz y al aceptar estos hechos descubrí que la felicidad consiste en aceptarme tal y como realmente soy y en vivir la vida, no en verla pasar a través de una ventana, apurando hasta el último momento, sin rechazar ninguno, pues la felicidad está en los contrastes que nos permiten apreciar el valor de las cosas, de los momentos malos en comparación con los momentos buenos y que si no ocurre así, no vivimos, solo vegetamos.

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