La hija de Dios

fçLo recuerdo perfectamente, era la tarde del décimo tercer día del séptimo mes del año mil fgtos taitantos de nuestro Señor, el sol había comenzado su ocaso y los zagales de la aldea, libres ya de sus cotidianos quehaceres fuimos en alegre tropel a buscar a las zagalas a la cueva en que se reunían habitualmente, para irnos todos juntos a retozar por los campos y prados que rodeaban la aldea, lejos de las inquisitivas miradas de Dios.

Dios era el mote por el que, con la malicia de la pubertad, denominábamos en nuestras conversaciones a don Fernando, rico hacendado del lugar, quien a nuestro parecer, tenía el don de la ubicuidad, pues aparecía en los momentos más inoportunos y en los lugares más recónditos que se nos pudieran ocurrir, para aguarnos la fiesta y, siempre según nuestro razonamiento, si tenía el don de la Ubicuidad, atributo del Señor, tenía en consecuencia que ser Dios.

Hecho este paréntesis prosigo con mi relato. Como decía, fuimos a buscar a las zagalas a la cueva, que en realidad no era tal, sino una especie de chamizo situado bajo la cabaña de “Dios” utilizada como almacén y punto de reunión de las mozas. Bajamos de nuestras monturas y en alegre tropel, nos dirigimos hacia la entrada de la cueva. Imaginad, nobles señores, nuestra sorpresa cuando unos metros antes de llegar, salió a nuestro encuentro la hija de “Dios” un ángel de largos cabellos rubios, quien, con melifluas palabras, nos pidió que nos marcháramos ya que no podían reunirse con nosotros porque estaban en reunión tratando de temas que solo concernían a las mujeres.

Atónitos ante esta inusual petición, nos retiramos camino de nuestras monturas. .Aquel era un hecho del todo insólito, Tengan en cuenta vuesas mercedes que, en primer lugar eran ellas, por regle general, quienes venían a buscarnos a nosotros, sacándonos con zalamerías de nuestros hogares, y en segundo lugar, ¿reunidas para tratar temas de mujeres?, ¡esas mocosas que apenas ayer habían dejado de hacerse las trenzas!

Picados por la curiosidad y el desenfado de los pocos años, decidimos fingir nuestra marcha y volver, dando un rodeo, para espiarlas y enterarnos de lo que allí estaban tratando. Decidido esto y sin dilación alguna, pusimos en marcha nuestro plan, tomamos nuestras monturas y dando un rodeo, volvimos a dejarlas, un poco más lejos esta vez, en los aledaños de la cabaña y sigilosamente nos acercamos a la entrada de la cueva y aterrorizados, descubrimos que lo que allí se celebraba era un aquelarre.

Para aquellos que lean este manuscrito y no sean vecinos de la villa, voy a narrar un suceso acaecido poco tiempo antes de estos terribles hechos y que, ahora lo sabemos, fue causa de los mismos.

Por aquellos días se aposentó en la villa una nueva familia de aparceros, compuesta por el matrimonio y, la figura desencadenante de este drama, su hija. La tal hija era una moza de buen porte, de figura más bien robusta sin que ello fuera en menoscabo de su hermosura, de pelo castaño, cintura estrecha, anchas caderas, prietos senos y cautivadora sonrisa y que atendía por el nombre de Amita Bona. De ella quedó prendado nuestro amigo y compañero de aventuras, el príncipe Iohannes Carolus, apuesto doncel versado en el arte de la trova, por el que suspiraban todas las hembras de la aldea. Las hijas por conquistar su amor y las madres porque llegara, a través del matrimonio con sus hijas, a formar parte de la familia.

Iohannes comenzó de inmediato el galanteo de Amita y ésta, conmovida por sus románticas trovas, cayó rendida en sus brazos iniciando con él un ardiente romance que los llevaba a dar largos paseos por apartadas veredas o por los prados aledaños a la villa, donde se les podía observar tomados de la mano y sumidos contemplativo silencio.

Una vez narrado lo anterior, pieza fundamental para la comprensión de los sucesos posteriormente acaecidos, paso a relatar lo visto por nuestros ojos y escuchado por nuestros oídos en la infame caverna. Dirigidas por la hija de “Dios” vimos como aquel grupo de horribles arpías removían un gran caldero en el que borboteaba un hediondo brebaje al tiempo que pronunciaban incomprensibles conjuros al son del balanceo de sus inmensos panderos y flácidos senos, de los que solo lográbamos distinguir el nombre de Amita.

Indignados, nos alejamos de la puerta del sotanillo en que estaban reunidas aquellas brujas, salimos del chalet de “Dios” y subiendo en las bicicletas nos alejamos por la calle maldiciendo a aquellas izas y rabizas, de físico similar al de la la Venus de Willendorf (No en vano en la urbanización nos conocían como “La Pandilla de los Culos”, por el considerable volumen de esta parte de la anatomía del elemento femenino que la )que, sabiendo lo poco agraciadas que eran físicamente, se confabulaban para impedir la entrada en la pandilla de cualquier chica mínimamente mona, sin para en mientes del daño que pudieran causarla.

En aquel Momento fue esta la visión que tuvimos de aquellos hechos y como imaginamos a nuestras “queridas amigas” de pandilla aquel verano de mil novecientos sesenta y ocho.

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