Los Caballeros de la Iglesia

Capítulo I – El cenobio clarión

(Llegada al cenobio)

san pedro de gaillos 7Había amanecido un soleado día; moviéndose perezosas por el cielo, flotaban blancas nubes que, en otro momento, habrían excitado mi imaginación de niño para buscarles algún parecido a los seres fantásticos que habitaban mi mente, pero no ese día, ese día era especial, ese día era el día de mi partida hacia el cenobio de los Clariones; ese día era el día en que por primera vez en mi vida, iba a dejar el solar paterno, la casa que me había visto nacer y en la que había pasado los primeros ocho años de mi vida, para ver mundo y convivir con gente de mi edad.

Mis padres, Jannik y Norèll; habían decidido por diferentes motivos, entre los que no eran los menos importantes el hecho de ser el hijo mayor, de carácter fantasioso, con poca voluntad y escaso gusto por las labores del campo, cosas, todas ellas, en absoluto convenientes para el hijo de un hacendado de la región de central de Ganestria, granero del reino; habían decidido, como he dicho, enviarme al cenobio clarión para que me dieran una formación más acorde con mi carácter y gustos, con el fin de pudiera ganarme honradamente la vida ya que él no pensaba dejarme a cargo de la hacienda, como correspondería a mi primogenitura, y su intención era cederla a aquel de mis hermanos que más lo mereciese.

La verdad sea dicha, aquello no me importaba nada, más bien me satisfacía ya que odiaba todo lo que tuviera que ver con las faenas de la hacienda, desde ordeñar las vacas, a recolectar el trigo que enviábamos en enormes carros tirados por bueyes a Vilenia, la capital del reino; lo que realmente me interesaba era iniciar el viaje. La noche anterior había preparado un hatillo con dos calzas, tres camisas blancas y un jubón de paño y tras un sueño inquieto, me había levantado con las primeras luces del día y tras asearme en el pozo e ingerir un trozo de queso acompañado de un chusco de pan y un vaso de cremosa leche recién ordeñada; esperaba, sentado en un poyete junto a la puerta, a que saliera mi padre Jannik para iniciar el viaje.

Cuando por fin salió en compañía de mi madre que me despidió con un beso en la frente y ojos brillantes por la lágrimas, nos subimos al faetón que habitualmente se utilizaba para llevarnos a la cercana aldea de Fatrecio los días de fiesta.

El viaje al cenobio clarión que se encontraba en las proximidades de la ciudad de Zaromba, distante unas cien leguas de la aldea, no cumplió mis expectativas, por el contrario, me resultó monótono y aburrido; Durante los veinte días que duró, únicamente pude contemplar extensos campos de trigo que se perdían en el horizonte, interrumpidos de trecho en trecho por haciendas similares a la nuestra o pequeñas aldeas en las que pernoctábamos si convenía a nuestro plan de viaje, cosa poco frecuente ya que la mayoría de las noches lo hacíamos al raso.

Por fin, en la madrugada de vigésimo día, avistamos las murallas de Zaromba y poco antes de llegar, nos desviamos por un camino lateral medio escondido entre matojos que se desviaba del camino principal de entrada a la ciudad y que terminaba en la puerta del cenobio, finalmente habíamos llegado a nuestro destino. Ante mis ojos apareció un muro de piedra de la altura aproximada de tres hombres, en cuyo centro se hallaba la entrada, dos columnas reparadas por sencillos capiteles que sostenían un arco en el que aparecían tallados bellos caracteres, todo ello enmarcando una puerta de gruesos tablones de roble remachados con brillantes clavos de bronce de gruesas cabezas redondas.

Mi padre se acercó a la puerta y cuando se disponía a llamar, ésta se abrió silenciosamente y apareció la figura de un hombre de complexión robusta y edad indefinida, vestido con un tosco sayal de color gris, ceñido a la cintura por una grueso cordón de color blanco extrañamente anudado. Su plácido semblante, tostado por el sol, estaba enmarcado por una cabellera entrecana que le llegaba a los hombros y partido por una agradable sonrisa; tras intercambiar unas breves palabras con el desconocido, mi padre me hizo señas para que cogiera mi hatillo y me acercara, cuando estuve a su altura, me tomo por los antebrazos y apretando con su fuertes manos, curtidas por el trabajo me dijo –Jannirèll, hijo mío, esta es la última vez que nos veremos en mucho tiempo, aprovéchalo para labrarte un buen futuro– Y dando media vuelta se marchó.

De esta forma, con el corazón henchido de alegría por las ilusiones y expectativas que me colmaban; hice mi entrada por primera vez en el cenobio, acompañado por el que más tarde me enteraría, era el rector del cenobio.

Próxima entrega: Vida y estancia en el cenobio

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