Los Caballeros de la Iglesia

Capítulo I – El cenobio clarión

(El periodo de adaptación)

alone_in_the_scriptorium_by_taho_gitwick-d34hyadCuatro largos años duró mi estancia con los clariones, tiempo más que suficiente para que se desvanecieran todas las esperanzas e ilusiones con las que había entrado en el cenobio.

Tras los primeros días; en los que el adaptarme a un régimen de vida completamente diferente al que había llevado hasta entonces ocupaba todo mi tiempo, comencé a echar de menos a mi familia, sobre todo a mi madre y me invadió un sentimiento de desazón y nostalgia que me impelía a apartarme de los demás estudiantes para verter amargas lágrimas de añoranza en cualquier discreto rincón. Cuando esto ocurría, siempre había un compañero que tras dejar que en desahogara, venía a avisarme de que había sonado uno de los toques de campana que regulaban las actividades de nuestro día y a decirme que no me sintiera avergonzado, cosa que no me ocurría o lo hacía de forma residual ya que como verdaderamente me sentía era desolado y abandonado; el trance por el que estaba pasando, me decía, lo había pasado todo el mundo, hasta el más duro de los que allí estaban, pero que era algo que el tiempo curaba.

A lo anteriormente dicho hay que añadir un hecho, al que no estaba acostumbrado y que no podía haber imaginado ni en mis peores pesadillas: La lucha por la posición a ocupar dentro del grupo. Viniendo de una familia con escasas relaciones con el mundo exterior, mi posición dentro de ella estaba muy clara, sabía perfectamente quienes estaban por encima de mí y quienes por debajo, amén de quienes eran mis iguales.

Para mi asombro, no tardé mucho en descubrir que dentro del grupo de estudiantes en el que las relaciones de compañerismo y amistad se establecían habitualmente con la gente de tu edad, o de edades similares, existían los cabecillas, es decir, alumnos cuyos deseos, ideas o caprichos seguía el resto ciegamente y sin cuestionarlos. Estos cabecillas no eran, por regla general, ni los más listos ni los más fuertes, pero debido ami innata rebeldía, pronto descubrí que era muy contraproducente para mi bienestar físico ni para mi relación con los preceptores, oponerme frontalmente a sus deseos, ya que jugaba en mi contra el hecho de haber ingresado con ocho años, cuando la edad de ingreso habitual eran los seis años, es decir todos tenían dos años más de experiencia que yo en aquel mundo completamente nuevo para mí; como tampoco sabía que recurrir a los preceptores en caso de conflicto con uno de los alumnos, acostumbrado como estaba en casa a recurrir a mi madre para dirimir las disputas con mis hermanos, era el peor delito que podías cometer a los ojos de tus compañeros, quienes te tildaban de chivato, te condenaban al ostracismo y desde ese mismo momento, te convertías en una especie de apestado.

Acostumbrado como estaba al ambiente de la hacienda familiar, en el que mis padres, sin proporcionarnos innecesarios mimos ni caprichos, estaban atentos a lo que nos ocurría, siempre, velando por nuestro bienestar; cometí, en el trascurso de los tres primeros meses de estancia en el cenobio, todos los errores y estupideces que se pueden cometer y algunas más. Nunca olvidaré la primera vez que harto de aguantar los abusos de un compañero, mayor y más fuerte que yo, recurrí a uno de los preceptores ante el que me presenté con un ojo morado, ni las consecuencias que me acarreó el haberlo hecho. El agresor fue severamente castigado, ya que el empleo de la violencia física estaba muy mal visto por los preceptores quienes intervenían con presteza cuando se producía una pelea, castigando a todos los participantes en ella; pero mi sorpresa no tuvo límites, cuando, después de aplicar el castigo al agresor, me llevó aparte y me dijo –Jannirell, el agresor ya ha sido castigado, pero tu ojo, a pesar de ello, sigue igual de tumefacto, vete a que te lo mire el preceptor del herbolario y te aplique algún ungüento que baje esa hinchazón y para próximas ocasiones, te aconsejo que resuelvas tú los problemas que tengas con tus compañeros sin acudir, salvo caso de extrema gravedad, a nosotros los preceptores que no estamos aquí para eso– El tono de reprimenda de sus palabras me sorprendió y traté de decir –Pero..– Rápidamente me interrumpió y dijo –No hay pero que valga y date prisa en acudir a la herboristería que se hace tarde y como no estás a tiempo en el refectorio te perderás la cena– Como consecuencia de esto, no solo me perdí la cena, sino que me gané el desprecio de mis compañeros y el apodo de “El Chivato”, apodo que me acompañó durante unos meses e hizo que nadie me dirigiera la palabra si no era estrictamente necesario.

A partir de entonces, me dediqué, en los pocos ratos libre que nos dejaban las clases y los diversos trabajos, en el huerto, o en las cocinas, a pasear como un alma en pena, maquinando mil y una forma de escaparme de allí, o soñando que venía uno de los Caballeros de la Iglesia que poblaban los relatos que me contaba a escondidas Brynja, la cocinera, las tardes que me escondía en la cocina para eludir mis tareas domésticas y que habían inflamado mi imaginación, viniera a vengar las injunsticias que estaban cometiendo conmigo.

Como es de suponer, no vino ningún caballero a vengar mis afrentas, por lo que pasado algún tiempo y viendo que mi actitud no me llevaba a ninguna parte, a mis compañeros les deba igual como me sentía, pues no formaba parte del grupo y los preceptores me ignoraban, salvo para reprenderme por alguna falta cometida en las tareas que me habían encomendado, o para recriminarme el poco interés que ponía en las clases, decidí, casi sin darme cuenta de ello, que más me valía dejar de soñar y aceptar que mi mundo había cambiado y que ese cambio iba a ser duradero, por lo que mejor me adaptaba a él y ocupaba el tiempo en cosas productivas, tales como aprovechar las enseñanzas recibidas en las clases, de las que no me podía librar y en tratar de conseguir la aceptación de mis compañeros ya que el aislamiento al que me tenían sometido comenzaba a resultar insoportable.

Una vez tomada esa decisión, descubrí con sorpresa que algo bueno había salido de todo aquello; el recuerdo de mi familia y la angustia en que me sumó su ausencia habían desaparecido y solo, de tarde en tarde, me acordaba de ellos y cuando lo hacía era, generalmente en momentos puntuales, por echar de menos algún plato especialmente apetecible o alguna de las comodidades de las que carecía en el cenobio.

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