Los Caballeros de la Iglesia

Capítulo I – El cenobio clarión

(La vida en el cenobio)

LabradorUna vez tomada la decisión de adaptarme e integrarme tanto como me fuera posible en la vida del cenobio; decisión tomada, no por gusto, sino por mero afán de supervivencia, comencé a prestar atención a lo que allí ocurría y a analizar como podía volverlo a mi favor. El niño caprichoso, con la mente llena de fantasía, fue dando, poco a poco, paso al joven observador que con los pies firmemente plantados en el suelo, luchaba por dar un giro a la situación en que se encontraba.

Nuestro día comenzaba al alba; cuando los primeros rayos del sol asomaban por el horizonte, sonaba estrepitosamente la campana que indicaba el comienzo de la jornada. En silencio y medio dormidos, nos encaminábamos a los baños; donde, hiciera frio o calor, nos lanzábamos a la gran piscina, en la que el agua se renovaba continuamente, para mantenerse limpia, entrando por uno de sus extremos y saliendo por el otro, por lo que su temperatura oscilaba siempre entre fría y muy fría. El baño; causante de mis primeros problemas en el cenobio, al no ser muy aficionado a mojarme y menos en agua fría, (en casa nos bañábamos una vez a la semana y siempre en una tina de agua previamente calentada en el fuego del hogar), era obligatorio y siempre había un preceptor que animaba a los alumnos renuentes a tomarlo por el expeditivo método de darles un empujón y lanzarlos al agua; además teníamos que frotarnos el cuerpo con unas manoplas de cuerda que nos proporcionaban a nuestra llegada al cenobio y unos polvos que hacían algo de espuma, que había en unos recipientes de piedra a la entrada de los baños. Si algún estudiante, considerando el agua muy fría, trataba de salir sin haberse frotado bien el cuerpo, el preceptor que siempre parecía distraído y sumido en profundos pensamientos, levantaba la cabeza y lanzaba un agudo silbido señalándole con un dedo acusador; era la señal para que los compañeros que tuviera más cerca se lanzaran sobre él y procedieran a frotarle concienzudamente hasta que el preceptor silbara nuevamente indicando que ya estaba suficientemente limpio.

Una de las primeras cosas que aprendí en los baños fue que si quería pasar ese mal rato lo más rápidamente posible, tenía que levantarme unos minutos antes de que sonara la campana para llegar el primero al baño, lanzarme sin pensar al agua, frotarme vigorosamente todo el cuerpo y salir del agua, a poder ser antes de que llegara el resto de mis compañeros, consiguiendo con esto evitar ocupar el lugar más próximo al desagüe, que en su aprecio por mi persona me habían asignado mis compañeros, por donde salían los restos del baño de los que ocupaban lugares más cercanos a la entrada de agua y evitar las cariñosas aguadillas que me proporcionaban y me hacían tragar grandes cantidades de aquel agua sucia.

A continuación, tras vestirnos con los toscos sayales de basto paño gris y talla única que ceñíamos a la cintura con una cuerda, nos dirigíamos al templo a meditar durante unos diez minutos. He de aclarar que nuestro dios Jötnar, adorado en Ganestria y el resto de los países que conforman la parte occidental del continente de Valknnük, no exigía que se le rindiera culto, siendo su relación más bien de tipo personal con sus creyentes, ocupando su iglesia un lugar más testimonial que efectivo; sus sacerdotes limitaban sus funciones a la de consejeros, más por su sabiduría que por el hecho de ser sacerdotes y a las labores de enseñanza, muy apreciadas ambas, siendo los templos lugares de meditación donde acudían los fieles a meditar sus problemas o en busca de consuelo o consejo para la resolución de los mismos que los sacerdotes proporcionaban, siempre siguiendo esta máxima: “Si la solución del problema está en tus manos, no te preocupes y trabaja en solucionarlo, si no lo está, acéptalo y espera, pero no esperes una intervención divina”. La Iglesia, como Jötnar el dios al que servía, jamas intervenía en asuntos mundanos.

Finalizada la meditación pasábamos al refectorio, donde nos servían la primera de las tres comidas del día, compuesta de huevos, tocino, habas hervidas en agua y aceite con bastante vinagre y un tazón de leche con miel y partíamos para los campos o el huerto, donde aparte de labrarlos ya que el cenobio debía ser autosuficiente, recibíamos las enseñanzas de agricultura y herboristería convenientes a quienes, como nosotros, nos dedicaríamos al gobierno de las haciendas de nuestros padres. He de puntualizar aquí que todos los alumnos proveníamos del mundo rural, los hijos de la nobleza tenían, desde muy jóvenes, preceptores particulares para formarse en temas del gobierno y la política.

Al medio día, volvíamos al refectorio donde tomábamos un trozo de queso y media hogaza de pan acompañados de abundante agua y seguidamente salíamos al patio, donde podíamos disfrutar de una hora de asueto en la que podíamos dedicarnos a lo que más nos plugiera y que generalmente se empleaba para practicar un juego de pelota en el que dos jugadores o dos equipos formados por dos jugadores cada uno, golpeaban alternativamente con la mano una pelota de cuerda forrada de cuero, lanzándola contra una pared; el jugador o equipo que fuera incapaz de devolverla antes de que diera dos botes en el suelo perdía el tanto.

El resto del día, hasta la puesta de sol, momento en que volvíamos al refectorio para consumir la última comida del día, compuesta por un abundante guiso de legumbres en el que nadaban magros trozos de carne, lo pasábamos en el scriptorium, donde recibíamos clases de matemáticas, astronomía, geometría, literatura e historia y un día a la semana estudiábamos herrería y metalurgia en la fragua, ya que aunque todos éramos hijos de hacendados, las haciendas no podían mantener a la totalidad de las hijos del hacendado y algunos deberían buscar su sustento bien en otras haciendas, bien en las aldeas o ciudades como artesanos.

Continuara…

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