Los Caballeros de la Iglesia

Capítulo I – El cenobio clarión

(La salida del cenobio)

carreta-de-madera-D_NQ_NP_13376-MLM3095787238_092012-FPronto me di cuenta de dos hechos que posteriormente influirían de forma notable en mi vida; el primero que entre todos los estudiantes, no había ningún hijo de la nobleza, quienes tenían sus preceptores particulares en los castillos que habitaban, hecho al que no di mucha importancia ya que no influía directamente en mi vida, El segundo, al que si di importancia y que me sirvió de guía durante mi estancia en el cenobio fue que la mejor forma para vivir tranquilo, consistía en el hecho de pasar lo más desapercibido posible, pues no resultaba conveniente destacar en nada, ni por bueno ni por malo; de esta forma te hacías invisible tanto a los preceptores como a tus propios compañeros y podías llevar una vida relativamente cómoda sin demasiadas interferencia.

En los campos trabajaba lo suficiente para que no me llamaran la atención y prestaba total atención las enseñanzas y consejos que nos daban, generalmente muy interesantes que guardaba celosamente en mi cabeza, aunque no ponía todas en práctica con el fin de, siguiendo mi política, no destacar, cosa que que costó alguna que otra reprimenda de poca importancia y varias menciones a mi innata torpeza; y lo mismo ocurría en las clases vespertinas, en las que pronto me dí cuenta de que me resultada muy fácil aprehender las enseñanzas que nos impartían, pero nunca me significaba cuando el preceptor de turno se dirigía a nosotros preguntando: –¿Quien de vosotros, cabezas huecas, me podría decir…?– Solo cuando me preguntaba a mí específicamente, respondía, titubeante pero correctamente, a la pregunta formulada.

De entre todas la materias que nos enseñaban había dos que me interesaban especialmente y a las que prestaba más atención, la historia y la literatura; la historia porque me hizo descubrir que vivía en un mudo mucho más grande de lo que podía suponer, en el que existían otros países aparte de Ganestria, unos cercanos y otros muy lejanos, con modos de vida y dioses totalmente diferentes de los nuestros. Que en diversos periodos de la historia habían existido guerras en las que unos países querían conquistar otros, bien por su riqueza, bien por adorar a distintos dioses, que periódicamente hubo guerra entre alguno de los cinco países, adoradores de Jötnnar que formaban la Confederación de Erkendia; Dönhar, Haddark, Jhönnull, Thörvork y Ganestria y que incluso en nuestro propio país hubo guerras entre los distintos nobles por imponer su dominio sobre los demás. La literatura me interesaba porque las descripciones que hacían los bardos sobre las batallas y los personajes que en ellas intervenían; príncipes, generales, magos y caballeros de la iglesia, una especie de mezcla de todos los anteriores, junto con bellas y desvalidas doncellas, despertaban mi imaginación y me recordaban los cuentos que Brynja, nuestra cocinera, me contaba al amor del fuego y que hasta eses momento, creía inventados por ella.

El último día de la semana, considerado festivo en todos los países de la Confederación de Erkendia, y tras realizar las labores necesarias en los campos que no conocen de festivos, teníamos libertad para hacer lo que nos apeteciera hasta la hora del almuerzo, tras el cual los preceptores nos sacaba del cenobio a dar largos paseos bien por el campo, bien por la ciudad, en los que nos relacionábamos con el mundo exterior al que pronto deberíamos incorporarnos. Fue durante uno de esos paseos, no recuerdo ahora el momento exacto, cuando descubrí o mejor dicho, fui consciente de la existencia de unos seres maravillosos que cambiaron completamente el objetivo de mi vida ¡Las mujeres!

¡Por supuesto que antes había conocido de su existencia! Norèll, mi madre y nuestra cocinera Brynja eran mujeres lógicamente, así como las criadas y la esposas de los aparceros, pero las consideraba seres incomprensibles, dedicados la mayor parte del tiempo, a fastidiar la vida de los hombres que moraban junto a ellas, ya que carecían del más mínimo sentido de la diversión ni de comprensión hacia nuestras necesidades. Mi madre, que no se parecía en nada a las damas de los relatos, era de genio encendido y perfectamente capaz de dirigir la hacienda cuando mi padre Janvik se ausentaba por negocios, hasta el punto de que, comerciantes y tratantes de ganado preferían venir a realizar los tratos cuando mi padre se hallaba en casa ya que era más fácil negociar con él que con mi madre, e incluso los aparceros más rudos y pendencieros se transformaban en tiernos y obedientes corderitos ante una mirada airada de sus respectivas esposas.

Recuerdo que era mi último año de estancia en el cenobio cuando , en uno de los paseos que dábamos por el campo, nos encontramos con un grupo de zagalas, no podían considerarse mujeres pues aún llevaban suelto el pelo y no recogido en trenzas como las quienes ya han pasado la pubertad, que cuchicheaban entra ellas y reían señalándonos; nosotros íbamos ensimismados en nuestra charla sobre los proyectos que teníamos para cuando saliéramos del cenobio, pero movido por la curiosidad de saber quién reía de esa manera, me hizo dirigir la mirada en su dirección y ese fue el mayor error de todos los que cometí durante aquella época y el causante de mis posteriores desdichas, pues mis ojos tropezaron con un rostro angelical enmarcado por una brillante cascada de pelo, negro como ala de cuervo, en el que brillaban unos maravillosos ojos del color de la miel y una juguetona sonrisa; al momento sentí una extraña sensación en la boca del estómago que en aquel momento, achaqué al hambre ya que estaba anocheciendo y volvíamos al cenobio para la cena, tal era mi desconocimiento de aquellos temas.

A partir de aquel momento, desapareció todo mi interés por las actividades que realizábamos; no podía quitarme aquel rostro del pensamiento, no dormía pensando en ella y mi único afán era volverla a ver, por lo que no paraba de dar vueltas a la cabeza para encontrar la forma de conseguirlo. No me costó encontrar aliados para este propósito, pues todos los que formaban parte del grupo estaban dispuestos a acompañarme ya que tenían los mismos deseos de verlas que yo.

Al poco de entrar en el cenobio, el rector me había entregado un grueso libro de recia encuadernación y hojas en blanco, en el que me dijo podía anotar todo aquello que me ocurriera, pensara o considerase importante de mi estancia entre ellos, algo que podría, si lo empleaba bien, servirme en un futuro para recordar o consultar lo allí vivido y aprendido; puntualizó, además, que sería mi única posesión totalmente privada ya que nadie, incluido él, podía ver lo escrito por mi sin verse sometido a duros castigos y a la expulsión del cenobio. En el citado libro había anotado cuidadosamente todas mis experiencias allí vividas, junto con una gran cantidad de información sobre todos los secretos, debilidades y fortalezas de preceptores y estudiantes que habían llegado a mi conocimiento; las cuales eran muchas, debido a que como antes dije, me había convertido en una sombra, un elemento más del paisaje para unos y otros y que me habían servido para manipularlos discretamente, tornando a mi favor diversas situaciones comprometidas. Todo ello en unos caracteres por mí inventados y que me llevaron un tiempo memorizar, ya que lo primero que aprendí a mi llegada fue a no fiarme de nada ni de nadie.

Echando mano pues de mis notas, junto a la información recabada por mis compañeros de aventura para completar los huecos surgidos a última hora, trazamos un plan que nos sirvió para escaparnos del cenobio en cuanto teníamos ocasión y sin que nadie, ni preceptores ni estudiantes, notara nuestra ausencia y así transcurrió el tiempo hasta del día en que finalizaba nuestra estancia en el cenobio.

El Gran Día, amaneció como otro cualquiera de los muchos que habíamos pasado allí, con la diferencia de que en vez de salir a trabajar en los campos después de la primera comida del día, fuimos llamados uno a uno a la sala capitular donde nos esperaba el rector para dirigirnos unas últimas palabras. Cuando llego mi turno entré en la sala donde me esperaba el rector quién, casi sin darme tiempo a cerrar la puerta se dirigió a mí con estas palabras –Jannirèll entraste aquí, hace ya cuatro años, siendo un niño y ahora te has convertido en un hombre pero, para nuestra decepción, no hemos logrado nuestro propósito de convertirte en una persona válida para la sociedad– y continuó diciendo –Aunque hubo momentos en los que pensamos haberlo conseguido, tu actitud nos ha demostrado que sigues siendo el mismo que traspasó nuestra puerta traído por su padre, hace cuatro años.

Ante estas palabras quise decir algo en mi defensa, pero interrumpiéndome con un gesto continuó

–Peor, si cabe que cuando entraste, ya que has aprovechado satisfactoriamente nuestras enseñanzas que te han servido para manipular a los demás en tú beneficio, sin pensar en las consecuencias que a ellos pudiera acarrearles. ¿Crees acaso, que no nos hemos dado cuenta de tus maniobras para pasar desapercibido? ¿Que no sabíamos que tu rendimiento y conocimientos adquiridos en las clases no eran muy superiores a los que nos mostrabas? ¿O acaso piensas que desconocíamos tus escapadas del cenobio, junto con tu grupo de acólitos, este último año para encontrarte con esas mozas?

Tras esta parrafada que quedé mudo por el asombro ¡Sabían todo lo que había hecho!

Con brusquedad me arrancó de las manos el libro que contenía todas mis experiencias en el cenobio y que los estudiantes guardaban como prueba de su estancia y finalizó diciendo:

–No eres merecedor de conservar este libro pues no has culminado con éxito tu estancia entre nosotros. Tienes que marcharte sí, pues tu periodo de estancia aquí ha concluido, pero como no seríamos fieles a nuestro cometido si te dejásemos salir libremente sin completar tu formación como miembro de nuestra sociedad, te entregamos a otras manos para que la completen.

Dicho esto, hizo una señal y entraron dos preceptores quienes, agarrándome por los brazos, me sacaron del cenobio hasta el camino principal donde esperaba una carreta, con caja de madera cerrada y sin ventanucos, donde me encerraron sin decir palabra.

De esta forma terminó mi estancia entre los clariones.

Continua.

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