Los Caballeros de la Iglesia

Capítulo II – Viaje a lo desconocido

(Incio del viaje)

forest-918923_960_720Las palabras de rector del cenobio y el hecho de verme encerrado así, me sumieron en el desconcierto y la confusión; sobre todo por el hecho de que conociese perfectamente mis más ocultos pensamientos, pero lo que más me desconcertaba era que conociéndolos como los conocía, debería saber que jamás me había aprovechado de nadie que no hubiera querido hacerlo antes de mí, y que a aquellos que me habían dado su compañerismo y amistad había procurado ayudarles en todo momento; sí, de acuerdo de una forma solapada y anónima, pero nunca pensé que fuera un delito el hecho de querer pasar desapercibido.

Sumido en un mar de confusión, me senté en uno de los bancos adosados a la paredes de la carreta y más por hábito que por interés, comencé a examinar su interior; éste era más luminoso de lo que e un principio imaginé pues, aunque las paredes eran de recios tablones sin ventanas, el techo tenía una amplia claraboya, cerrada con un enrejado de gruesas barras de hierro forjado, que dejaba pasar la luz suficiente para que su interior estuviera perfectamente iluminado; El fondo consistía en una pared, también de madera que como las paredes laterales, no tenía ningún resquicio que permitiera ver el exterior y como estas, también tenía adosado un banco que cubría toda su longitud. Cerrando el cubículo, cuyas dimensiones aproximadas eran de cuatro pasos de largo por dos de ancho, estaba la pared en que se encontraba la puerta por donde había entrado que por supuesto, tampoco tenía ventanucos al exterior, por lo que el cielo era lo único que se podía contemplar desde el interior. Hubo un detalle de este escrutinio que se grabó en mi mente, aunque, en principio, no fui consciente de él; las dimensiones interiores de la carreta eran bastante menores que las exteriores que vi cuando me llevaron a ella.

Sumido como estaba en mis amargos pensamientos, no era consciente de que la carreta permanecía detenida y me sobresaltó el que tras un lúgubre chirriar de cerrojos, se abriera la puerta y entrara en su interior otra persona, tras la que se cerró de nuevo y tras pasar un breve instante, la carreta se pusiera en movimiento, lo que me hizo pensar que había estado esperándola.

Mi sorpresa no tuvo límites cuando caí en la cuenta de que mi compañero de encierro no era otro que Edzàrj, la última persona de la que podía imaginar se viera en mi misma situación. Solo en el carácter nos perecíamos remotamente, por lo demás éramos completamente diferentes; yo era alto y de complexión delgada, más fuerte de lo que parecía a primera vista, el trabajo en el campo y la fragua endurece y en mi cuerpo no había un ápice de grasa, él era un poco más bajo, de complexión atlética y cada uno de sus brazos equivalía a una de mis piernas; yo prefería las clases de teóricas e ir a la fragua me perecía un castigo, él prefería, por el contrario el trabajo en la fragua donde se encontraba a sus anchas, cogía en sus manos un trozo de hierro y tras mirarlo durante un rato con cara pensativa le decía muy serio, “tú escondes una herradura” o bien “tú escondes una hoz”, tras lo cual, aparentemente sin el menor esfuerzo, lo transformaba en una magnífica herradura, una hoz, o aquello que hubiera dicho que escondía.

Persona de carácter alegre y abierto, fue uno de los que primero me aceptó como compañero y en más de una ocasión me ayudó con mis tareas en la herrería sin pedir nada a cambio, aceptando con total naturalidad mi ayuda en los temas teóricos que se le atravesaban, lo que poco a poco cimentó una buena amistad entre nosotros, quizás fuera el único amigo que hice en el cenobio, que nos permitía compartir nuestros sentimientos e ideas; era el único, o al menos eso creía hasta que el rector me demostró lo contrario, que conocía mis verdadera capacidad y mis progresos y que respetaba mi interés en no destacar, recuerdo una ocasión en la que hablando de este tema me dijo:

–Jannirèll, tu forma de actuar no es muy corriente, generalmente a todos nos gusta que reconozcan nuestros méritos y tú en cambio, procuras esconderlos. Se que tus conocimientos de las materias que nos imparten los preceptores están muy por encima de los del mejor estudiante, en cambio, a ojos de los demás no pasas de ser un estudiante mediocre al que le cuesta, como realmente me ocurre a mí, asimilar los conceptos. ¿Por que no demuestras a los demás lo que vales realmente?

–Por miedo Edzàrj, por miedo. Al poco de llegar aquí me pusieron un ojo morado y no tengo ganas de repetir la experiencia. Por eso procuro suplir con inteligencia lo que me falta en fuerza.

–No me hagas reír y busca una excusa mejor, no olvides que te veo en la fragua y hay pocos, muy pocos, que manejen el martillo con la soltura y fuerza con que tú lo haces, aunque tu habilidad con él deje mucho que desear.

Debido a esto me sorprendió verle en mi misma situación, pues su comportamiento en el cenobio era diametralmente opuesto al mío. Bien es cierto que su carácter franco, unido al hecho de no soportar las injusticias, le había metido en algunas peleas con los gallitos que pretendían abusar de su fuerza con alumnos más débiles o de menor edad, pero un par de ojos morados y diversas contusiones causadas a los abusones y disfrazadas de accidentes ante los preceptores, habían conseguido que su sola presencia bastase, generalmente, para cortar esos abusos, aparte de esas escasas ocasiones, jamás había abusado de su fuerza para imponerse a los demás ya que prefería el aprecio de sus compañeros a su miedo.

Al pensar en esto, una fría sensación de temor atenazó mi espíritu; Edzàrj era uno de los que escapaban conmigo del cenobio para ver a las zagalas, y podía estar pagando las consecuencias de mi idea tal y como me dijo el rector, por lo que le pregunté –¿No estarás aquí por mi culpa?

–¿por tu culpa…?

–Sí, a causa de las escapadas que organicé para ver a las mozas.

–Ni mucho menos, es más ni sabía que estuvieran enterados. Estoy aquí por causa de los golpes que propiné a los sinvergüenzas que pretendían abusar de los demás.

–¿Por eso? ¡Pero si todos dijeron que eran accidentes! Y todos en el cenobio estaban convencidos de ello.

– Eso pensaba yo, hasta que me dijo que no podía engañarles, que conocían desde el principio mis abusos de fuerza para conseguir una posición preeminente entre mis compañeros, que era el miedo que hacia mí sentían los que les había hecho decir lo de los accidentes, que mi gusto por imponer mis ideas a la fuerza hacía que no mereciera el libro que me habían entregado en el momento de mi llegada, por lo que me lo quitó de un manotazo, cosa que siento sinceramente, pues en él había anotado todo lo aprendido, y me envió a completar mi formación.

Dicho esto, el silencio se adueñó del cubículo y sumergidos en nuestras meditaciones, comenzó nuestro viaje.

Continuara …

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