Los caballeros de la Iglesia

Capítulo II – Viaje a lo desconocido

(Incidencias del viaje I)

water-828820_960_720Debido a la tensión del día, a lo avanzado de la hora y al monótono traqueteo de la carreta, pronto nos invadió la modorra y al poco rato caímos en un profundo e inquieto sueño del que despertamos bruscamente pasadas varias horas; hicimos esta suposición poque cuando salimos del cenobio empezaba a caer la noche y como pudimos comprobar por la claraboya del techo, al despertar nos encontrábamos a primeras horas de la mañana y la carreta se había detenido.

Al poco rato se abrió la puerta y entró el que pensamos sería el carretero, ya que tanto su aspecto físico como su vestimenta; compuesta por unas calzas de basto paño, de color indefinible, muy rozadas en las posaderas y embutidas en gruesas botas de cuero, una holgada camisola, que en sus buenos tiempos debió ser blanca, ceñida a la cintura por un ancho cinturón de cuero que sujetaba un cuchillo cachicuerno, completando su atuendo se cubría la cabeza con un viejo sombreo de paja, con anchas alas, por el que asomaba un mechón de hirsuto cabello de color bermejo, prendas y porte que no diferían en nada de las de cualquiera de los muchos carreteros que recorrían las sendas de Ganestria, quien nos entregó dos pedazos de queso acompañados de sendas rebanadas de blanco pan, una cantimplora de cuero que contenía aproximadamente un azumbre1 de agua, y dos bacinillas para que aliviáramos nuestras necesidades fisiológicas en ellas.

Durante el tiempo que estuvo con nosotros, solo nos dirigió la palabra para indicarnos como debíamos vaciar las bacinillas, una vez las hubiéramos utilizado, por una pequeña trampilla situada junto a la puerta, Hecho esto y sin apenas mirarnos, se dio la vuelta y salió cerrando de nuevo, de forma que no pudimos en ningún momento ver donde nos encontrábamos.

Durante incontables jornadas esa fue la rutina de nuestro viaje, por las mañanas entraba el carretero y nos daba el desayuno y ya no volvíamos a verle hasta media tarde, en la que nos daba la cena, compuesta por un trozo de tasajo de carne, más pan y una manzana, recogía la cantimplora, ya vacía, que nos entregaba por la mañana y nos la cambiaba por otra llena que recogía al entregarnos la de la mañana.

Edzàrj y yo habíamos perdido la noción del tiempo y agotado todos los temas de conversación, por lo que caímos en un estado de apatía que nos llevó encerrarnos en nosotros mismos, dejamos de hablar y nos sumimos en oscuros pensamientos, apenas nos levantábamos de los bancos si no era para recoger los alimentos que nos entregaban.

Un buen día, cuando estábamos a punto de cometer una barbaridad movidos por la desesperación, vimos alterada la monótona rutina de nuestras vidas. Ese día no nos entregaron la comida a la hora acostumbrada, cosa que no nos importó demasiado, y continuamos sin detenernos hasta primeras horas de la noche momento en que la carreta se detuvo, pensando que nos traían la comida con retraso vimos que al abrirse la puerta, no aparecía por ella el carretero, entrando en su lugar un joven, de edad y atuendo similares al nuestro, mientras la puerta se cerraba bruscamente a sus espaldas.

Sorprendidos por este hecho, rápidamente nos acercamos y comenzamos a realizarle un buen número de atropelladas preguntas que en nuestra precipitación, no le dábamos tiempo a responder, tal era nuestra ansiedad por saber lo que ocurría, mientras él nos miraba asombrado y con cara de espanto. Pasados los primeros momentos y ya más tranquilos, descubrimos que se trataba de Melhiker, un estudiante que venía del cenobio clarión de Hàlveron, la ciudad más septentrional de Ganestria, en cuyas proximidades nos encontrábamos y se encontraba en nuestra misma situación sin saber por que; con él no habían esperado al día de la graduación, para la que todavía de faltaba un año, simplemente esa noche le había citado el rectos del cenobio y cunado estuvo en su presencia, sin mediar palabra, dos preceptores le condujeron hasta la carreta que en el ínterin, se había puesto de nuevo en movimiento.

La llegada de Melhiker a la carreta supuso para nosotros una brisa de aire fresco que se llevó nuestra apatía y mitigó la desesperación que nos invadía ya que nos indujo a pensar que nuestro viaje debía tener un propósito que no debía ser perjudicial para nosotros ya que aparte del encierro e incomunicación a que estábamos sometidos, no nos trataban mal y aunque la rutina del viaje había vuelto a ser la misma, el hecho de tener un nuevo compañero nos abría nuevos horizontes, al aparecer nuevos hechos y nuevos puntos de vista para analizarlos. Indudablemente nuestras discusiones no nos conducían a ninguna conclusión válida pero, al menos, nos permitían ejercitar nuestra mente y salir de la apatía.

1.- Azumbre: medida de capacidad equivalente a cuatro cuartillos, o a la octava parte de una cántara. Aproximadamente dos litros de hoy.

Continuará

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