Los Caballeros de la Iglesia

Capítulo II – Viaje a los desconocido

(Incidencias del viaje II)

forest-918923_960_720Melhiker resultó ser un agradable compañero de viaje; de cuerpo enjuto y fibroso, nadie que procediera de un cenobio tenía un ápice de grasa de más debido al tipo de vida que en ellos se llevaba, poseía un rostro vulgar y agradable, en el que habitualmente bailaba una sonrisa, coronado por una espesa mata de rubios cabellos.

Aunque al principio la rutina del viaje no se modificó, sí se produjeron cambios en nuestra vida en la carreta; el ansia por conocer noticias borró de un plumazo nuestra apatía y pasábamos el día intercambiando nuestras respectivas experiencias, en un intento de averiguar los motivos de nuestro viaje. Así supimos que no existían diferencias apreciables en el modo de vida o trato a los estudiantes entre un cenobio y otro, hasta el punto de que uno podía dormirse en un cenobio, despertar en otro y no saber que esto había ocurrido, salvo por el hecho de encontrar diferentes personas a su alrededor. También averiguamos que al contrario que en el de Zaromba, en el cenobio de Hàlveron el juego más popular era el Hala-Tafi, un juego de tablero para dos jugadores que tiene como objeto el que un jugador con una pieza (el zorro) capture las trece piezas del contrincante (los gansos) sin ser capturado. Melhiker era un apasionado de este juego del que nos contaba:

– Cuando juego al Hala-Tafi me siento como si alguien me dijera los movimientos que va a realizar mi oponente antes de que los haga y así poder destruir su estrategia y realizar la mía. Nunca he perdido una partida.

– No será para tanto, no presumas– Le decía Edzàrj socarronamente.

– Es cierto, no conocí el juego hasta que llegué al cenobio, pero al poco tiempo no había nadie que me ganara, ni los preceptores– Respondía muy serio Melhiker. – Por eso ya nadie allí quería jugar contra mí.

Así, charlando de la mañana a la noche, pasamos tres días, hasta que la mañana del cuarto supuso un cambio radical en la rutina del viaje. Esa mañana, el carretero, en vez de entregarnos el desayuno, abrió la puerta de la carreta de par en par y nos hizo señas para que saliéramos, cosa que hicimos con cierto temor, apartándose unos pasos de la misma.

Al salir vimos que a su lado se hallaba un personaje, vestido con un hábito negro como la noche que le llegaba a los pues y se ceñía a la cintura con un un cordón trenzado de cuero negro y cuya capucha le cubría la cabeza oscureciéndole el rostro, que nos observaba en silencio; a nuestro alrededor y formando un círculo en torno a la carreta, se encontraba un grupo de soldados montados a caballo, con la cabeza cubierta por capacetes de hierro y armados de largas espadas y redondos escudos que no lucían emblema alguno.

Tras unos instantes de silenciosa observación que se nos hicieron eternos, el negro encapuchado se dirigió a nosotros y dijo:

– Bien jovencitos, se acabó la molicie que no es buena ni para el cuerpo ni para el espíritu. Soy el hermano Bhörje, preceptor de la orden de los Jannikes y estoy aquí para conduciros a vuestro destino, que no es otro que uno de nuestros cenobios– Tras esta declaración y viendo nuestras caras de asombro continuó – Aunque así pudierais pensarlo, no venís como prisioneros, sino como estudiantes que no habéis completado vuestra educación y que por ello, podéis representar un peligro para la sociedad pero, a pesar de todo, los Clariones consideran que debidamente educados y una vez completada vuestra formación, podéis ser valiosos elementos para ella, motivo por el que os han dejado en nuestras manos.

Viendo nuestras caras de estupor y desconfianza, así como las miradas que de soslayo, lanzábamos a los soldados, el hermano Bhörje nos dijo:

– No os preocupéis por los soldados, están aquí para nuestra protección y hasta ahora no han podido reunirse con nosotros, ese ha sido el motivo de no permitiros salir de la carreta antes ha sido por vuestra seguridad, hemos viajado por tierras infectadas por salteadores. Ahora seguid a Khört, nuestro amable carretero, quién os indicará lo que hacer– Dicho esto, dio media vuelta y comenzó a alejarse de la carreta.

Aturdidos por lo escuchado y sin saber a ciencia cierta que presar, seguimos a Khört hacia la parte delantera de la carreta, en cuyo costado estaba abierta una puerta que daba acceso a un pequeño almacén, atestado de provisiones y elementos para montar un campamento y que confirmaba mi suposición de que el cubículo en el que habíamos viajado no ocupaba la totalidad de la misma. Cuando llegamos Khört nos dio instrucciones precisas de lo que debíamos para montar el desayuno y antes de alejarse nos dijo:

– Todo lo que os ha dicho el hermano Bhörje es cierto, no sois prisioneros, pero estáis a nuestro cuidado y no podéis marcharos, si alguien intenta escapar le daremos caza y el resto del viaje no le resultará tan placentero como puede serlo cumplís vuestras obligaciones.

El desayuno que preparamos en poco se diferenció de los que habíamos realizado hasta el momento, pero para nosotros supuso un gran cambio, no solo pudimos disfrutarlo cómodamente sentados en la fresca hierba, además tuvo la novedad de que en vez del agua con regusto a pez de la cantimplora, pudimos acompañar el pan y el queso con un buen tazón de leche, que previamente habíamos calentado en el pequeño fuego encendido por Edzàrj, endulzada con miel.

Acabado el desayuno, nos retiramos tras unos arbustos para aliviar nuestras necesidades, lavamos la vajilla utilizada que volvimos a colocar en el pequeño almacén de la carreta, a continuación cogimos las bacinillas que habíamos utilizado para aliviarnos hasta ese momento y las lavamos, corriente abajo, en el arroyo cercano donde un par de soldados abrevaban los caballos de la tropa, frotándolas con arena hasta que su interior quedó totalmente pulido; al salir del cubículo por primera vez, nos percatamos del molesto hedor que desprendían; hecho esto, volvimos a la carreta, sujetamos la puerta, esta vez abierta, con una aldabilla y reanudamos el viaje caminado al costado de la carreta.

Continuará

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