Los Caballeros de la Iglesia

Capítulo II – Viaje a los desconocido

(El final del viaje)
Mapa de Ganestria

Mapa de Ganestria

Al principio, debido a las largas jornadas de encierro en la carreta, nos costaba seguir su paso y pronto las agujetas hicieron presa en nosotros, pero el poder respirar el aroma de los prados y sobre todo, el poder contemplar el paisaje por el que caminábamos, hizo que nos esforzásemos en mantener su paso sin proferir ninguna queja.

Ante nuestros ojos se extendían las praderas del norte de Ganestria, una inmensa llanura cubierta de verde hierba salpicada por pequeños arbustos de coloridas flores, en las que se veían pequeños bosquecillos de álamos muy separados entre si que hacían suponer la existencia de pequeños ríos o arroyos; este terreno, ondulado por suaves colinas, en el pastaban grandes rebaños de ganado vacuno, se extendía cientos de leguas a nuestro alrededor hasta el horizonte en el que se alzaban majestuosos, los elevados picos que formaban los Montes Bealjehkh, cuyas cimas cubiertas de nieves perpetuas brillaban a la luz de la mañana y entre los que destacaban muy por encima de los demás, las cumbres del Storsylen y el Storsola con sus más de mil rods1 de altitud.

Cuando el sol alcanzó su cénit, hicimos un breve alto para comer y continuamos viaje; pero, a pesar de nuestra ilusión por la recobrada libertas, los días de encierro en la carreta pasaron su factura y el resto de la jornada lo realizamos dormitando en el interior de la carreta de la que solo bajamos, cuando las primeras sobras de la noche cubrieron el cielo, para preparar el campamento mientras Khört, que para nuestra alegría, se descubrió como un magnífico cocinero, preparaba unas liebres que alguien había cazado mientras nosotros dormitábamos.

Al ir a sentarnos para la cena, el preceptor Bhörje nos dijo:

Muchachos, todos os quedaríamos muy agradecidos si cenaseis bastante apartados de nosotros, vuestro olor resulta insoportable, por lo que os aconsejo os lavéis antes en el arroyo, si queréis cenar a nuestro lado.

Corridos por la vergüenza y con los rostros de color grana, nos acercamos a la carreta para coger algo de jabón y notamos con sorpresa que a la puerta del almacén, había preparados tres bultos con un trozos de jabón junto con una muda limpia y un hábito de color negro, similar al que llevaba Bhörje, cada uno, quien desde el lugar en que estaba sentado nos gritó:

Tomaros el tiempo necesario para quedar bien limpios y luego enterrad esos harapos que lleváis. Por la cena no os preocupéis, os guardaremos vuestra parte.

Cuando nos metimos en las frías aguas del arroyo, fuimos conscientes de que no nos habíamos bañado desde que salimos de los respectivos cenobios, por lo que nos aplicamos a ello frotándonos vigorosamente el cuerpo, hasta tres veces, con una mezcla de jabón y arena del fondo del arroyo, hasta quedar convencidos de que estábamos completamente limpios; hecho esto, nos vestimos con las prendas que nos habían entregado, enterramos profundamente nuestros sucios harapos y sintiendo que habíamos recuperado un bien tiempo atrás perdido, nos dirigimos al campamento, allí nos esperaban al fuego, ensartados en sendos espetos, tres dorados conejos.

Terminada la cena, Bhörje, que nos había estado observando en silencio, nos dijo:

Chicos, he podido comprobar esta mañana que aunque os habéis esforzado en seguir el paso de la carreta y no ha salido una queja de vuestros labios, el tiempo de encierro ha deteriorado considerablemente vuestro estado físico, los inevitables gestos de dolor que traslucían vuestros rostros hablan por si solos, por lo que si al sargento no le importa, a partir de mañana y bajo su supervisión, dedicareis una hora antes de desayunar a realizar ejercicios que os hagan recuperar una buena forma física.

Al contrario preceptor, mis hambres y yo estamos un tanto entumecidos de tanto cabalgar y nos vendrá bien un poco de ejercicio. No os preocupéis, yo me encargaré de ponerlos en forma– Respondió el sargento.

A partir de entonces, la rutina del viaje quedó establecida de la siguiente forma: Nos levantábamos al alba y realizábamos ejercicios de calistenia durante una hora bajo la supervisión del sargento Mhälinj, a continuación tomábamos un baño en el arroyo más cercano, desayunábamos y proseguíamos viaje; hacia el mediodía hacíamos un breve alto para comer algo, dar descanso a las bestias y continuábamos el viaje hasta última hora de la tarde, cuando parábamos para montar el campamento, cenar y pasar la noche; mientras Khört y Edzàrj preparaban la cena, Melhiker y yo nos encargábamos de encontrar frutos silvestres con los que aprovisionar nuestra despensa y proveer de ramas secas el fuego del campamento, mientras los soldados abrevaban y repartían el pienso entre los animales.

Así transcurrieron cinco jornadas; en la tarde de la sexta, nos detuvimos en un pequeño bosque de viejos álamos en el que Melhiker y yo fuimos, como de costumbre, a recoger leña y ver si encontrábamos alguna baya para complementar la cena. Estábamos absortos en estas labores, cuando repentinamente Melhiker me hizo apremiantes gestos para que guardara silencio y me quedara quieto, en principio pensé que había visto algún reptil peligroso, pero al cabo de unos instantes, sentí que tiraba bruscamente de mí hacia atrás y vi como en el tronco junto al que instantes antes estaba mi cabeza, se clavaba, con un sonido siniestro, el virote de una ballesta. Al volverme vi aterrado que hacia nosotros, saliendo de su escondite entre los árboles, avanzaban siete u ocho individuos, de atezada piel y desaliñado aspecto, armados con hachas y ballestas.

Paralizado por el pánico, elevé una muda plegaria a Jötnar, aun a sabiendas de que nuestro a Dios no le preocupaban los asuntos de los mortales y me preparé para morir, pero, caprichos del destino, al parecer Jötnar debía tener pocas cosas que hacer en esos momentos y decidió acudir en nuestra ayuda en forma de un viejo árbol, podrido en su interior que con un tremendo crujido, se desplomó sobre nuestros atacantes aplastando a la mayoría e inmovilizando al resto. El ruido del árbol al desplomarse nos sacó de la parálisis en que tanto Melhiker como yo habíamos caído y dando gritos de alarma, corrimos hacia el campamento.

No habíamos salido aún del bosque cuando nos encontramos con Mhälinj, acompañado por cinco de sus hombres, todos ellos con las espadas desenvainadas y escudos al brazo. Atropelladamente le contamos lo ocurrido y casi sin detenerse a escucharnos, se internó en el bosque seguido de sus hombres, a la vez que nos ordenaba correr hacia el campamento que como pudimos ver, protegían, formando un perímetro, el resto de sus hombres armados de escudos y lanzas. Apenas habíamos llegado a él, cuando el preceptor Bhörje salió a nuestro encuentro y metiéndonos en la carreta cuya puerta cerró tras de si, nos interrogó sobre lo ocurrido.

En respuesta a sus preguntas, Melhiker le dijo que en un momento antes del ataque había tenido un presentimiento de los que solía tener, que le había obligado a tirar hacia atrás de mí, lo que evitó que el virote me atravesara la cabeza. Yo le conté que nos habíamos librado gracias a la intervención de Jötnar derribar el árbol sobre nuestros atacantes. Permaneció en silencio unos instantes analizando nuestras respuestas y nos dijo: –Esta vez habéis tenido mucha suerte muchachos, estar más atentos las próxima, pues los ladrones de ganado abundan por estos lares y tú Jannirèll no sueñes despierto, a Jötnar no le importamos lo suficiente como para intervenir en nuestras vidas.

En ese momento el sargento Mhälinj, golpeando la puerta de la carreta, nos indicó que el peligro había pasado, por lo que todos salimos al exterior. Mhälinj llevaba en la mano una de las ballestas de nuestros atacantes y se retiró con el preceptor Bhörje a un lugar un tanto apartado, donde estuvieron hablando un rato en voz baja, cuando volvieron levantamos el campamento y nos alejamos lo más rápidamente posible de aquel lugar, ya que el sargento pensaba que los asaltantes podían tener cómplices que quisieran vengarlos, por lo que caminamos toda la noche a fin de poner la mayor cantidad posible de tierra entre ellos y nosotros.

Al clarear el día, todos nos encontrábamos agotados debido al esfuerzo realizado la noche anterior, por lo que el preceptor Bhörje decidió, de acuerdo con el sargento Mhälinj, darnos un día de descanso con el fin de reponer fuerzas y por el hecho de que si hubiéramos intentado seguir habríamos caído extenuados, por lo que montamos el campamento en lo alto de una loma que dominaba el entorno y en la que crecía un bosquecillo de raquíticos robles, se montaron turnos de guardia y nos echamos a dormir. Despertamos al principio de la tarde, tomamos un frugal desayuno, en el transcurso del cual el sargento Mhälinj nos dijo: –En vista de los acontecimientos, he decidido entrenaros en el combate para que podáis protegeros vosotros mismos si vuelven a atacaros, al menos durante el tiempo que tardemos en acudir en vuestra ayuda.

¡No pensareis proporcionar espadas a estos críos!– Dijo vehementemente Bhörje.

No pienso darles espadas por dos buenas razones, primero por su juventud y segundo porque el manejo de la espada requiere de años de aprendizaje, por lo que les resultarían más un estorbo que una ayuda– y prosiguió –Pero existe otro tipo de arma, menos valorada y de más corto aprendizaje que en buenas manos, resulta tanto o más peligrosa para el oponente que la espada.

Diciendo esto, se volvió y ordenó a uno de los soldados que preparase seis buenos bastones de, aproximadamente, cinco pies de largo, cosa que hizo en poco tiempo y en ese mismo momento, comenzamos nuestro entrenamiento.

El resto del viaje transcurrió sin incidencias dignas de mención, salvo los múltiples golpes y contusiones que nos produjo nuestro entrenamientos con aquellas armas, bastante más efectivas y peligrosas de lo que pudiera parecer a primera vista, en las que llegamos a convertirnos en unos expertos a lo largo de lo que restaba del viaje.

Por fin, después de diez y seis días de viaje, llegamos a las estribaciones de la cordillera Bealjehkh, en las que nos adentramos, para descubrir, la mañana del día diez y ocho, en un profundo y feraz valle rodeado de altas montañas, unas edificaciones que constituían, según nos dijo el preceptor Bhörje, nuestro destino; el convento de los Jannikes.

1– Rod: Medida de longitud equivalente a cinco pasos, mil rods quivalen a unos cinco mil metros.

Continuará

 

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