Los Caballeros de la Iglesia

Capítulo III – El convento jannike

(La pregunta)

En cuanto el hermano Ornj nos proporcionó los materiales, aperos y semillas necesarias nos pusimos inmediatamente a la tarea. Siguiendo los planes trazados por Melhiker, nuestra primera tarea consistió en la construcción de un chamizo, similar en todo o otros que habíamos visto repartidos por las distintas parcelas esparcidas por el valle, con el fin de tener un lugar donde guardar los aperos, semillas, etc. que nos habían entregado en el convento y de los que, a partir de aquel momento, éramos totalmente responsables, no teniendo así que cargarlos diariamente durante la media legua que, como he dicho, separaba nuestra parcela del convento.

De esta labor se encargaron Hantverkarj, Snicka y Hünnarj, quienes habían reconocido tener bastante habilidad para la realización de estas tareas; el resto, armados con cuerdas y estacas y siguiendo las indicaciones de Jörgenj, Edzàrj y Ghörann que habían tenido en cuenta cosas tales como, la inclinación del terreno, los vientos dominantes, inclinación del sol, necesidad de agua y otros factores que incidían el el cultivo y que a los demás nos sonaban a términos de una ciencia oculta, para nosotros desconocida, acotamos la situación y dirección de los bancales en los que plantaríamos los melones.

Habíamos elegido los melones atendiendo a varios factores que en principio, auguraban que nuestra tarea llegaría a buen término; factores como la alcalinidad del terreno, abundante en carbonato cálcico al decir de Edzàrj, por necesitar poca agua y ser resistente a la sequía, ya que en estas épocas interrumpe su crecimiento, reanudándolo cuando desaparece, según apuntaron Jörgenj y Ghörann y porque según yo había podido observar, no existía ninguna plantación de esta cucurbitácea entre los múltiples cultivos existentes en el valle.

Llegada la noche, cansados pero orgullosos del trabajo realizado ese día, retornanos al convento a tiempo para la hora de la cena que tomamos en el refectorio con el resto de los hermanos. A la mañana siguiente, tras asearnos, desayunar y conseguir provisiones para el almuerzo, el hermano Ornj nos autorizó a ello con el fin de que aprovecháramos mejor la jornada, fuimos a seguir trabajando en nuestra parcela hasta la hora de la cena que realizamos en el refectorio.

Así pasamos tres meses, hasta la llegada del invierno y con él de las primeras nieves que interrumpieron nuestros trabajos, ya no necesitábamos estar todo el día en la parcela, la naturaleza debía seguir su curso y bastaba con que dos o tres de nosotros se pasasen por los sembrados a primera hora de la mañana, para realizar las tareas de mantenimiento que no nos ocupaban más de tres horas, el resto del día lo dedicábamos a colaborar en las distintas tareas necesarias para el mantenimiento del mismo tales como reparación de los desperfectos que se producían en el muro, mantenimiento de los caminos, sin olvidar los turnos de cocina. Solo Melhiker se libró, en parte, de estas tareas al haber obtenido permiso para recopilar información sobre un proyecto para la conservación de frutas en el escriptorium del convento.

Durante esa época pudimos convivir más estrechamente con el resto de los moradores del convento en el que salvo los componentes de nuestro grupo, eran todos hermanos Jannikes. También descubrimos que existía un grupo de mujeres el el convento, las hermanas Lhäkninj, quienes compartían con nosotros las comidas y los ratos de asueto; eran un grupo de mujeres de todas las edades, simpáticas y afables al igual que el resto de los hermanos, pero rodeadas de tal aura de respeto y admiración, que raramente y solo en caso de extrema necesidad, nos aventurábamos a interrumpirlas en sus quehaceres, fuesen estos los que fuesen y cunado digo nos, me refiero a la totalidad de los moradores del convento.

Dos cosas me llamaron la atención durante ese tiempo, la primera de ellas era el hecho de que nadie parecía dirigir la marcha del convento, nadie daba ordenes, no había toques de aviso ni llamadas, no parecían existir jerarquías entre los hermanos, todo el mundo sabía lo que debía hacer y todos cooperábamos con los demás en sus tareas cuando las nuestras estaban cumplidas y nos sobraba tiempo fuera de las horas de asueto; aunque conocíamos la existencia de los preceptores, pues como la se había presentado Bhörje y la existencia de un prior a cargo del convento, para nosotros eran figuras míticas que suponíamos entregados a la realización de importantes tareas apartados de nosotros. La segunda era la ausencia del convento de grupos de diverso número de hermanos, quienes desaparecían durante periodos variables de tiempo, tras los cuales volvían a incorporarse a sus labores habituales sin que nadie se extrañara ni les preguntase nada, tratándoles como si no se hubieran marchado.

He de decir que pronto nos acostumbramos a ese ritmo de vida, y nos sentíamos felices con ella; éramos jóvenes, estábamos sanos y fuertes, sentíamos que pertenecíamos a una comunidad y teníamos un objetivo que cumplir, conseguir la más abundante cosecha de dulces melones que la tierra a nuestro cargo pudiera dar, por eso, cuando esa noche el hermano Ornj nos dijo que a la mañana siguiente esperásemos al preceptor Bhörje en el refectorio tras el desayuno, pues quería hablar con nosotros, me invadió la desazón al pensar que algo malo estaba por llegar, pues la experiencia me decía que siempre que había conseguido integrarme y estar a gusto en algún lugar, surgía algo que lo estropeaba y conducía mi vida por derroteros insospechados.
A la mañana siguiente, tras una noche de insomnio y un escaso desayuno, la ansiedad y el temor, no me permitieron ingerir nada, salvo un cuenco de leche con miel para aclarar mi reseca garganta, esperamos al preceptor Bhörje, quien nos dijo:

–Seguidme muchachos, el Prior quiere hablar con vosotros– Y dicho esto se encaminó, a largas zancadas, hacia una puerta que comunicaba el refectorio con el escriptorium.

El saber que el Prior, un ser semi-divino para mí, quería hablar con nosotros me produjo una conmoción que me dejó paralizado por unos momentos, así que tuve que echar a correr para alcanzarlos antes de que salieran del refectorio. En silencio para no molestar a los que allí trabajaban, atravesamos el escriptorium y entramos en la sala capitular. Allí nos esperaba el Prior, de pie en el centro le la sala, sin ocupar el sitial que por derecho, le correspondía, cuando la puerta de la sala capitular se cerró a nuestras espaldas, se volvió y nos miró con atención; para mi sorpresa comprobé que conocía a quién se hallaba ente nosotros, era un hermano que me había ofrecido su ayuda en alguna de las tareas que estaba realizando y había solicitado la mía para algunas de las que realizaba él, ¡incluso nos habíamos gastado bromas para pasar el rato de forma más agradable!

Tras unos instantes de observación, se dirigió a nosotros diciendo:

–Muchachos, soy el Prior Erlhènj y he estado observando, junto con el resto de los hermanos, vuestro comportamiento desde que llegasteis al convento y he de deciros que nos sentimos sumamente satisfechos del mismo, así como de los informes que recibimos sobre vosotros de vuestros cenobios de procedencia.

Tras estas palabras, un contenido suspiro de alivio escapó de nuestros labios y se relajó la tensión que nos invadía, mientras el Prior seguía diciendo:

–Habéis superado con creces la prueba que os pusimos a vuestra llegada, que consistía en ver y analizar con que espíritu os entregabais a la realización de la tarea encomendada, disponiendo de total libertad para ello y en la que habéis demostrado, no solo espíritu de colaboración y trabajo, sino que además, habéis exprimido al máximo vuestras capacidades y conocimientos particulares para lograr la mayor perfección posible en su realización. Por eso voy a realizaros una pregunta que, desgraciadamente, no realizamos con demasiada frecuencia.

En ese momento, hizo una pausa que tuvo la virtud de ponernos en expectante tensión y prosiguió:

–Es una pregunta muy sencilla, de cuya respuesta dependerá el resto de vuestras vidas, pues la decisión que toméis no tendrá vuelta atrás, así que debéis estar completamente seguros de vuestra decisión antes de responder a esta pregunta: ¿Estáis sinceramente dispuestos a formar parte del Clero de la Iglesia en el puesto que ésta tiene designado para vosotros?

Continuará

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