Los Caballeros de la Iglesia

Capítulo III – El convento jannike

(La respuesta)

monk_in_gardenlg_1Si en ese momento el prior Erlhènj se hubiese transformado en la encarnación del mismísimo Jötnar, dios absoluto de la Confederación Erkendia, en toda su magnificencia, no habríamos quedado más conmocionados de como nos quedamos al escuchar su pregunta.

¿Formar parte del clero?… ¿Yo que había sido considerado por los Clariones como un peligro para la sociedad?… ¿Yo que no tenía habilidad especial alguna?… ¿Yo, a quien su desbocada fantasía había puesto en infinidad de apuros?…

Estas y otras ideas similares pasaron por mi mente hasta que la voz del Prior interrumpió mis desbocados pensamientos.

—Veo que os ha sorprendido la pregunta que os acabo de hacer, cosa natural dado que resultaba imposible que os la imaginarais— dijo y prosiguió, haciendo un gesto con las manos como para quitarle importancia:

— Por supuesto no es necesario, ni sería bueno que contestéis ahora mismo. Es una pregunta a la que debéis responder individualmente y sin presiones o consejos de otras personas, pues su respuesta, como ya os dije, va a determinar el resto de vuestras vidas, pues nunca nadie os la volverá a repetir— En ese momento hizo una ligera pausa para dar énfasis a sus palabras y continuó:

—Para que podáis tomar libre y conscientemente vuestra decisión quiero informaros de lo que implicará la misma– En ese momento la tensión reinante en el ambiente se podía haber cortado con un cuchillo. —Si aceptáis formar parte del clero, os comprometéis, de por vida, a realizar de buen ánimo y sin reparos, todas aquellas tareas que os encomienden vuestros superiores, sean estas cuales sean, a no buscar honores y prebendas dentro o fuera de la Iglesia, pues nuestra vida está dedicada al servicio de los demás y a aceptar el puesto que la Iglesia disponga para vosotros, sea o no de vuestro agrado.

Durante un tiempo más estuvo diciéndonos a lo que nos comprometíamos si aceptábamos formar parte del clero, lo que podría resumirse en el hecho de que si aceptábamos, entregábamos total y absolutamente nuestra persona y nuestra voluntad a los designios de la Iglesia, quien a cambio de nuestra entrega se encargaría de nosotros durante el resto de nuestras vidas y terminó diciendo:

—Disponéis de todo el día de hoy para tomar vuestra decisión que me comunicaréis de forma individual y en privado. Cuando la hayáis tomado buscadme en el escriptorium para comunicármela. Aquellos de vosotros que acepten formar parte del clero continuarán en el convento y comenzarán su formación eclesiástica, el resto, dado que habéis completado vuestra formación laica, volveréis libremente a vuestros lugares de procedencia. Ahora seguid al hermano Bhörje que os conducirá a un lugar en el que podréis pensar vuestra decisión. ¡Meditadla bien!— Y sin más, dando media vuelta salió de la sala.

El hermano Bhörje nos condujo, por una puerta lateral, a un jardín en el que nunca habíamos estado antes y sin decir palabra, se marchó. Ya solos, nos miramos con estupefacción durante unos instantes y como si hubiésemos llegado a un acuerdo sin palabras, cada unos nos apartamos de los demás buscando el sitio más adecuado para sopesar lo que nos acababa de ocurrir.

Durante un rato me dediqué a pasear sin rumbo, mientras trataba de acallar los latidos de mi desbocado corazón y aclarar el torbellino de ideas que se acumulaban en mi cabeza; cuando, más o menos lo había conseguido, me senté, a la sombra de un centenario álamo, en un banco bellamente tallado en piedra y cerrando los ojos, hice un repaso de mi vida hasta ese momento, entonces me dí cuenta de que poco o nada quedaba de aquel muchacho lleno de fantasías que había entrado, hacia ya… ¿Cuanto tiempo hacía que salí de mi casa?… En el cenobio de los clariones estuve cuatro años, en el convento llevaba siete meses y si a eso le sumábamos el tiempo del viaje al convento que no sabía exactamente cuanto había sido, llevaba casi cinco años fuera de mis hogar, del que ahora solo me quedaba un muy vago recuerdo.

En el tiempo que llevaba fuera de casa había cambiado; me había dado cuenta de que la vida de aventuras que, hacía unos años, consideraba maravillosa no era ni mucho menos así, me había bastado con el enfrentamiento con los salteadores en el viaje, para darme cuenta de que no tenía madera para ella, que resultaba mucho más agradable la convivencia ordenada y afable con los hermanos junto con la satisfacción que produce el trabajo bien hecho. En ese momento me di cuenta de que esa la vida que deseaba. Cuando fui consciente de este hecho, me di cuenta de que la decisión estaba tomada, de que ya me sentía parte de la Iglesia.

Abrí los ojos al tiempo que me incorporaba para ir a comunicar mi decisión al prior y al hacerlo, me sorprendió comprobar que ya había oscurecido y algunas estrellas titilaban en el cielo. Anonadado comprobé que el tiempo transcurrido sumido en mis reflexiones y que a mi me parecieron un par de horas, había consumido, en realidad, todo el día, por lo que me apresuré a ir al escriptorium y comunicar mi decisión al Prior.

Cuando entré, pude comprobar que me estaba esperando, pues nada más verme, se levantó de la silla en la que se encontraba leyendo un grueso volumen que dejó sobre una mesa cercana y acercándose me preguntó:

—¿Tomaste ya una decisión Jannirèll?

—Si Prior

—¿Y cual ha sido?

—Quiero formar parte del clero de la Iglesia Prior.

—¿Estás seguro de tu respuesta? ¿Eres consciente de que te comprometes para el resto de tu vida, de que no habrá vuelta atrás?

—Si Prior, soy consciente de ello y estoy seguro de querer formar parte de la Iglesia.

—Bien Jannirèll, no esperaba menos de ti, acércate por favor.

Cuando me acerqué, cortó con unas tijeras la cuerda que ceñía mi hábito y me entregó un cordón de cuero trenzado similar al suyo, rematado por unos intrincados nudos diferentes, como pude observar, de los que remataban el que él llevaba puesto y me dijo:

—Bienvenido entre nosotros hermano Jannirèll, cíñete el cordón, símbolo de tu pertenencia a la Iglesia y lúcelo con orgullo.

Cuando me lo hube ceñido con manos temblorosas por la emoción, continuó:

—Ahora hermano vamos al refectorio a cenar algo y luego nos acostaremos para reponer fuerzas, mañana te espera un día de trabajo duro y grandes revelaciones.

Y tras tomar la cena solos, ya que por lo avanzado de la hora el resto de los hermanos estaban descansando, nos dirigimos a nuestras celdas para reparar fuerzas en espera de los que nos deparara el día siguiente.

Continuará
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