Los Caballeros de la Iglesia

Capítulo III – El convento jannike

(Primer día como Jannike)

monjeLa mañana del día más importante de mi vida, aquel en que iba a conocer que me deparaba el futuro tras la decisión tomada, empezó como otro cualquiera de los pasados en el convento, la única diferencia fue que la puerta de mi celda no se había cerrado por fuera la noche anterior, tal y como estaba acostumbrado, lo que me permitió bajar antes a asearme, ya que debido a la curiosidad por lo que me depararía este día, apenas había podido conciliar el sueño y aprovechar para permanecer allí más tiempo, dejando que la frialdad del agua me tonificara, luego subí a mi celda, me puse el hábito, me ceñí el cordón que la noche antes, me había entregado el Prior y bajé a desayunar.

Al entrar en el refectorio y dirigirme hacia la mesa que habitualmente ocupábamos y en la que ya se encontraba el hermano Ornj, pude comprobar que era de los primeros en llegar, pues apenas había tres o cuatro hermanos desayunando con premura para ir a realizar las tareas que tenían asignadas. Al llegar a la mesa, el hermano Ornj deposito en ella el cuenco de leche que estaba bebiendo y tras limpiarse los labios con la servilleta me dijo:

Buenos días Jannirèll, bienvenido a la familia eclesiástica hermano. Por lo que veo eres el primero en llegar— A lo que le respondí, un tanto sorprendido, pues era la primera vez que le escuchaba pronunciar mi nombre:

Buenos días hermano Ornj— Al escucharme, me miró divertido y haciendo un gesto con las manos, dijo:

Déjate de formalidades Jannirèll, eso de hermano queda muy bien en los registros escritos de la Iglesia y cuando salimos al exterior, pero aquí en el convento todos somos iguales y no tenemos en cuenta las jerarquías, incluso el Prior es simplemente Erlhènj y solo nos dirigimos a él por su título cuando queremos enfatizar que vamos a tratar de algo relativo a su cargo, o en los actos solemnes, pero eso es algo que ya aprenderás.

He de reconocer que me sorprendieron estas palabras, pero inmediatamente acudió a mi memoria el recuerdo de las conversaciones mantenidas con el Prior, antes de saber quien era, al que nos dirigíamos como hermano, tratándole igual que al resto de los Jannikes, en cambio cuando se trataba de otros hermano el que le interpelaba, lo hacía utilizando solo su nombre.

Dejando de lado estos pensamientos, me centré en lo que verdaderamente me interesaba, por lo que pregunté :

¿Ornj, sabes cuantos de nosotros hemos decidido formar parte del clero?

No Jannirèll, todos os llevasteis vuestro tiempo para tomar la decisión y yo me retiré pronto, siento la misma curiosidad que tú por saberlo.

Poco a poco fue llegando el resto al refectorio y pudimos satisfacer la curiosidad que nos carcomía. Con cierta decepción, pudimos comprobar que aparte de mi, solamente Edzàrj, Melhiker y Ghörann, que fue quien decidió el fruto que cultivaríamos debido a su extraordinario conocimiento sobre las plantas, eligieron entrar a formar parte de la Iglesia, el resto optó por retornar a sus hogares debido a los fuertes lazos que les unían a ellos. Así pues, tras despedirnos de los que habían declinado formar parte del clero y que ese mismo día, partían hacia sus respectivos hogares, seguimos a Ornj hasta el aulario, donde se celebraría el acto formal de nuestro ingreso en la Orden Jannike.

El aulario era el edificio mayor y más alto de todos los que componían el convento, desde fuera se podía comprobar que estaba formado por dos naves transversales que le conferían el aspecto de una T coronada por un ábside semicircular; en la unión del ábside con los brazos, se alzaba un torreón cuadrado,en el que se podían observar numerosas ventanas, cubierto por un puntiagudo tejado a cuatro aguas. Este edificio ocupaba el centro del recinto delimitado por el muro que rodeaba el convento y se accedía a él por una gran puerta situada en la cara Oeste de la nave mayor que se enfrentaba directamente, con la puerta del muro por la que accedimos al convento cuando llegamos de nuestro viaje desde el cenobio.

Accedimos a él a través de un amplio vestíbulo en el que había dos anchas escaleras de caracol, una a cada lado del mismo que daban acceso a las plantes superiores; recorrimos la nave, en cuyos costados y regularmente espaciadas, había una serie de recias puertas de madera con un extraño símbolo, siempre diferente, grabado en cada una de ellas y accedimos al ábside a través de una gran puerta que cerraban dos gruesas hojas de madera, ahora abiertas de par en par.

El ábside consistía en un hemiciclo en forma de herradura cuyas gradas llegaban hasta una balconada que lo recorría en todo su perímetro, situada algo por debajo de los ventanales. Las gradas de interrumpían en el centro del ábside para dejar espacio a un amplio estrado en cuyo centro se encontraban cinco sencillos sitiales sobre los cuales y primorosamente tallada, se veía la figura de Jötnar, o al menos eso supuse, un guerrero con la cabeza cubierta por un yelmo que le cubría la totalidad de la cabeza e impedía ver sus facciones, ataviado con una especie de hábito similar a los que usábamos nosotros, aunque algo más corto ya que le cubría solo hasta media pantorrilla, de la cintura le colgaba una espada envainada pendiente de un sencillo tahalí; su mano izquierda reposaba sobre el canto de un escudo ovalado apoyado en el suelo, en cuyo centro se veía representada la imagen de un libro y en su mano derecha sujetaba con firmeza bieldo1. Completaban la decoración del ábside cuatro sillas situadas en fila, en el suelo del mismo, frente al estrado que se situaba unos ocho pies por encima de ellas.

Cuando entramos en el ábside, en el que reinaba un absoluto silencio, comprobamos sobrecogidos por un temor reverencial, que las gradas estaban ocupadas por todos los hermanos del convento y en el estrado, sentado en sitial del centro se encontraba el Prior Erlhènj, de cuyo cuello colgaba, sujeto por una gruesa cadena de plata, un grueso medallón, flanqueado por cuatro hermanos que portaban medallones similares, sentados, dos a su derecha y dos a su izquierda, en en los restantes sitiales.

Ornj nos acompañó, en medio del abrumador silencio, hasta las sillas situadas ante el estrado y haciéndonos señas para que nos sentáramos, desapareció entre la gradas.

Pasados unos instantes desde el momento en que nos sentamos, el Prior se piso en pie y nos dijo:

Los cuatro respondisteis afirmativamente a la pregunta que se os realizo ayer y por eso, os encontráis ahora en presencia de vuestros hermanos a fin de conocer si estos os aceptan como tales— Estas palabras del Prior me provocaron un tremendo desasosiego, ¿y si no era aceptado por los hermanos?, pero no tuve mucho tiempo para pensar el ello pues el Prior prosiguió:

Por esto os pregunto ¿Habéis aceptado formar parte de la Iglesia libre y voluntariamente, en pleno uso de vuestras facultades y sin presión alguna?

¡Sí!— Respondimos los cuatro al unísono.

¿Estáis dispuestos a aceptar desde ahora y por el resto de vuestras vidas, todos y cada uno de los designios de la Iglesia, de la que queréis formar parte?

¡Sí, lo estoy!

¿Juráis cumplir fielmente con vuestras obligaciones de formación, dado que esta es necesaria para el correcto desarrollo de vuestras vidas en el seno de la Iglesia, os gusten o no las materias sobre las que se os forme y sin pensar en vuestras preferencias, ya que se os formará, no sobre la que más deseéis sino sobre la que menos os guste?

¡Sí, lo juro!

¿Juráis, así mismo, realizar todas las tareas que la Iglesia os encomiende para lograr el mayor beneficio para ella, sin buscar ni honores ni prebendas personales en su realización, porque aquellos que buscan honores y prebendas nunca los tendrán ya que solo aquellos que se entregan sin buscar nada más que el beneficio de la Iglesia, serán los que los obtengan?

¡Sí, lo juro!

Dicho esto, se dirigió al resto de los presente y preguntó:

Todos habéis escuchado sus respuestas, ¿hay alguno de entre vosotros que sepa de alguna causa o tiene alguna razón para no aceptar a estos cuatro postulantes?

Un profundo silencio respondió a esta pregunta por lo que pasados unos instantes, preguntó:

¿Aceptáis pues, desde este mismo momento, a los postulantes como miembros de pleno derecho de la Iglesia?

Un ¡Sí, los aceptamos!, atronó el hemiciclo, al responder afirmativamente todos los hermanos presentes. Cuando se acallaron los ecos de la respuesta, el Prior nos dijo:

Desde esta momento y para siempre formáis parte de la Orden de los Jannikes, ¡bienvenidos a ella hermanos!

¡Bienvenidos hermanos! Corearon al unísono todos los presentes y comenzaron a abandonar la sala. El Prior abandonó el estrado seguido de los hermanos que en él le habían acompañado y acerándose a nosotros nos dijo:

Este acto ha representado vuestra aceptación solemne en nuestra Orden, pues desde que respondisteis afirmativamente a mi pregunta ya formabais parte de ella. El acto en sí, solo sirve para que valoréis y guardéis siempre un profundo recuerdo de vuestra decisión, ahora id al refectorio, pues aunque no lo parezca ya es la hora del almuerzo, comed algo y presentaros en la sala capitular, donde os comunicaremos vuestras futuras obligaciones y os hablaremos de la historia y fines de la Iglesia.— Dicho esto, nos sonrió y se dirigió a la salida.

Nosotros, sin haber asimilado aún lo ocurrido, nos miramos unos a otros y sin decir nada, con una sonrisa bailando en nuestros labios, nos dirigimos al refectorio para reponer fuerzas, en ese momento me dí cuenta de la tensión que había pasado durante la ceremonia, deseando hallarnos pronto en la sala capitular para conocer lo que el Prior tenía que decirnos.

1.- Bieldo: Instrumento para aventar compuesto de un palo largo, de otro de unos 30 cm de longitud que lo atraviesa en uno de sus extremos, y de otros cuatro o más fijos en este en forma de dientes.

Continuará

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